Y tras esta lección a la amiga de Ana, la princesa Miágkaya se levantó y se dirigió al grupo próximo a la
mesa donde es taba la embajadora.
La conversación allí giraba en aquel momento en torno al rey de Prusia.
–¿A quién estaban criticando? – preguntó Betsy.
–A los Karenin. La Princesa ha hecho una definición de Alexey Alejandrovich muy característica –dijo la
embajadora sonriendo.
Y se sentó a la mesa.
–Siento no haberles oído –repuso la dueña de la casa, mirando a la puerta–. ¡Vaya: al fin ha venido usted!
dijo diri giéndose a Vronsky, que llegaba en aquel momento.
Vronsky no sólo conocía a todos los presentes, sino que incluso los veía a diario. Por eso entró con toda
naturalidad, como cuando se penetra en un sitio donde hay personas de las cuales se ha despedido uno un
momento antes.
–¿Qué de dónde vengo? –contestó a la pregunta de la embajadora–––. ¡Qué hacer! No hay más remedio
que confesar que llego de la ópera bufa. Cien veces he estado allí y siempre vuelvo con placer. Es una
maravilla. Sé que es una vergüenza, pero en la ópera me duermo y en la ópera bufa estoy hasta el último
momento muy a gusto... Hoy...
Mencionó a la artista francesa a iba a contar algo referente a ella, pero la mujer del embajador le
interrumpió con cómico espanto.
–¡Por Dios, no nos cuente horrores!
–Bien; me callo, tanto más cuanto que todos los conocen.
–Y todos hubieran ido allí si fuese una cosa tan admitida como ir
a la ópera –afirmó la princesa
Miágkaya.
VII
Se oyeron pasos cerca de la puerta de entrada. Betsy, reconociendo a la Karenina, miró a Vronsky.
El dirigió la vista a la puerta y en su rostro se dibujó una expresión extraña, nueva. Miró fijamente, con
alegría y timidez, a la que entraba. Luego se levantó con lentitud.
Ana entró en el salón muy erguida, como siempre, y, sin mirar a los lados, con el paso rápido, firme y
ligero que la distinguía de las otras damas del gran mundo, recorrió la distancia que la separaba de la dueña
de la casa.
Estrechó la mano a Betsy, sonrió y al sonreír volvió la cabeza hacia Vronsky, quien la saludó en voz muy
baja y le ofreció una silla.
Ella contestó con una simple inclinación de cabeza, rubori zándose y arrugando el entrecejo. Luego,
estrechando las manos que se le tendían y saludando con la cabeza a los conoci dos, se dirigió a la dueña.
–Estuve en casa de la condesa Lidia. Me proponía venir más temprano, pero me quedé allí más tiempo
del que quería. Estaba sir John. Es un hombre muy interesante...
–¡Ah, el misionero!
–Contaba cosas interesantísimas sobre la vida de los pieles rojas.
La conversación, interrumpida por la llegada de Ana, rena cía otra vez como la llama al soplo del viento.
–¡Sir John! Sí, sir John. Le he visto. Habla muy bien. La Vlasieva está enamorada de él.
–¿Es cierto que la Vlasi eva joven se casa con Topar?
–Sí. Dicen que es cosa decidida.
–Me parece extraño por parte de sus padres, pues según las gentes es un matrimonio por amor.
–¿Por amor? ¡Tiene usted ideas antediluvianas! ¿Quién se casa hoy por amor? –dijo la embajadora.
–¿Qué vamos a hacerle? Esta antigua costumbre, por es túpida que sea, sigue aún de moda –repuso
Vronsky.
–Peor para los que la siguen... Los únicos matrimonios fe lices que yo conozco son los de conveniencia.
–Sí; pero la felicidad de los matrimonios de conveniencia queda muchas veces desvanecida como el
polvo, precisamente porque aparece esta pasión en la cual no creían –replicó Vronsky.
–Nosotros llamamos matrimonios de conveniencia a aquellos que se celebran cuando el marido y la
mujer están ya cansados de la vida. Es como la escarlatina, que todos deben pasar por ella.
–Entonces hay que aprender a hacerse una inoculación ar tificial de amor, una especie de vacuna...
–Yo, de joven, estuve enamorada del sacristán –dijo la Miágkaya–. No sé si eso me sería útil.
–Bromas aparte, creo que, para conocer bien el amor, hay que equivocarse primero y corregir después la
equivocación ––dijo la princesa Betsy.
–¿Incluso después del matrimonio? –preguntó la esposa del embajador con un ligero tono de burla.
–Nunca es tarde para arrepentirse –alegó el diplomático recordando el proverbio inglés.
–Precisamente –afirmó Betsy– es así como hay que equivocarse para corregir la equivocación. ¿Qué
opina usted de eso? –preguntó a Ana, que con leve pero serena sonrisa escuchaba la conversación.
–Yo pienso – dijo Ana, jugueteando con uno de sus guantes que se había quitado–, yo pienso que hay
tantos cerebros como cabezas y tantas clases de amor como corazones.