No es que pasara nada extraordinario. Ana frecuentaba, como siempre, el gran mundo, visitando mucho a
la princesa Betsy y encontrándose con Vronsky en todas partes.
Alexey Alejandrovich reparaba en ello, pero no podía hacer nada. A todos sus intentos de provocar una
explicación entre los dos, Ana oponía, como un muro impenetrable, una alegre extrañeza.
Exteriormente todo seguía igual, pero las relaciones íntimas entre los esposos experimentaron un cambio
radical. Alexey Alejandrovich, tan enérgico en los asuntos del Estado, se sentía impotente en este caso.
Como un buey, que abate sumiso la cabeza, esperaba el golpe del hacha que adivinaba suspendida sobre él.
Cada vez que pensaba en ello se decía que cabía probar, una vez más, que restaba la esperanza de salvar
a Ana con bondad, persuasión y dulzura, haciéndole comprender la realidad, y cada día se preparaba para
hablar con ella, pero al ir a empezar sentía que aquel espíritu de falsedad y de mal que poseía a Ana se
apoderaba también de él, y entonces le hablaba no de lo que quería decirle ni de lo que debía hacerse, sino
con su tono habitual, con el que parecía burlarse de su interlocutor. Y en este tono era imposible decirle lo
que deseaba.
XI
Aquello que constituía el deseo único de la vida de Vronsky desde un año a aquella parte, su ilusión
dorada, su felicidad, su anhelo considerado imposible y peligroso – y por ello más atrayente–, aquel deseo,
acababa de ser satisfecho.
Vronsky, pálido, con la mandíbula inferior temblorosa, per manecía de pie ante Ana y le rogaba que se
calmase, sin que él mismo pudiera decir cómo ni por qué medio,
–¡Ana, Ana, por Dios! –decía con voz trémula.
Pero cuanto más alzaba él la voz, más reclinaba ella la cabeza, antes tan orgullosa y alegre y ahora
avergonzada, y resbalaba del diván donde estaba sentada, deslizándose hasta el suelo, a los pies de
Vronsky, y habría caído en la alfombra si él no la hubiese sostenido.
–¡Perdóname, perdóname! –decía Ana, sollozando, y oprimiendo la mano de él contra su pecho.
Sentíase tan culpable y criminal que no le quedaba ya más que humillarse ante él y pedirle perdón y
sollozar.
Ya no tenía en la vida a nadie sino a él, y por eso era a él a quien se dirigía para que la perdonase. Al
mirarle sentía su humillación de un modo físico y no encontraba fuerzas para decir nada más.
Vronsky, contemplándola, experimentaba lo que puede experimentar un asesino al contemplar el cuerpo
exánime de su víctima. Aquel cuerpo, al que había quitado la vida, era su amor, el amor de la primera
época en que se conocieran.
Había algo de terrible y repugnante en recordar el precio de vergüenza que habían pagado por aquellos
momentos. La ver güenza de su desnudez moral oprimía a Ana y se contagiaba a Vronsky. Mas en todo
caso, por mucho que sea el horror del asesino ante el cadáver de su víctima, lo que más urge es des-
pedazarlo, ocultarlo y aprovecharse del beneficio que pueda reportar el crimen.
De la misma manera que el asesino se lanza sobre su víctima, la arrastra, la destroza con ferocidad, se
diría casi con pasión, así también Vronsky cubría de besos el rostro y los hombros de Ana. Ella apretaba la
mano de él entre las suyas y no se movía. Aquellos besos eran el pago de la vergüenza. Y aquella mano,
que siempre sería suya, era la mano de su cómplice...
Ana levantó aquella mano y la besó. Él, arrodillándose, trató de mirarla a la cara, pero ella la ocultaba y
permanecía silenciosa. Al fin, haciendo un esfuerzo, luchando consigo misma, se levantó y le apartó
suavemente. Su rostro era tan bello como siempre y, por ello, inspiraba aún más compa sión...
–Todo ha terminado para mí –dijo ella–. Nada me queda sino tú. Recuérdalo.
–No puedo dejar de recordar lo que es mi vida. Por un ins tante de esta felicidad...
–¿De qué felicidad hablas? –repuso ella, con tal repugnancia y horror que hasta él sintió que se le
comunicaba–. Ni una palabra más, por Dios, ni una palabra...
Se levantó rápidamente y se apartó.
–¡Ni una palabra más! –volvió a decir.
Y con una expresión fría y desesperada, que hacía su semblante incomprensible para Vronsky, se
despidió de él.
Ana tenía la impresión de que en aquel momento no podía expresar con palabras sus sentimientos de
vergüenza, de alegría y de horror ante la nueva vida que comenzaba. Y no quería, por lo tanto, hablar de
ello, no quería rebajar aquel sentimiento em pleando palabras vagas. Pero después, ya transcurridos dos o
tres días, no sólo no halló palabras con que expresar lo complejo de sus sentimientos, sino que ni siquiera
encontraba pensamientos con que poder reflexionar sobre lo que pasaba en su alma.
Se decía:
«No, ahora no puedo pensar en esto. Lo dejaré para más adelante, cuando me encuentre más tranquila».
Pero aquel momento de tranquilidad que había de permi tirle reflexionar no llegaba nunca.
Cada vez que pensaba en lo que había hecho, en lo que sería de ella y en lo que debía hacer, el horror se
apoderaba de Ana y procuraba alejar aquellas ideas.
«Después, después» , se repetía. «Cuando me encuentre más tranquila.»