–¿Perdonarte el qué? Estoy muy contenta.
–O se encuentra usted mal o está triste –continuó Vronsky, sin soltar su mano a inclinándose hacia Ana –.
¿En qué pensaba?
–Siempre en lo mismo –repuso ella, sonriendo.
Decía la verdad. En cualquier momento en que le preguntaran podía contestar sin faltar a la verdad:
pienso en uno, en su felicidad y en su desgracia.
Ahora mismo, al llegar Vronsky, Ana pensaba precisamente en cómo era posible que a Betsy, por
ejemplo (pues estaba enterada de sus relaciones con Tuchskovich), le resultase todo tan fácil, mientras que
a ella le era tan penoso.
Y hoy tal pensamiento la atormentaba particularmente por especiales razones.
Preguntó a Vronsky sobre las carreras y él, viendo nerviosa a Ana, a fin de distraería, le contó todo lo
relativo a los prepa rativos para el concurso hípico.
« ¿Se lo digo o no?» , pensaba ella, contemplando los ojos tranquilos y acariciadores de Vronsky. « Se
siente tan feliz, tan ocupado con lo de las carreras, que no lo comprendería en su verdadero sentido, no
comprendería la significación que encierra este hecho para nosotros...»
–Aún no me ha dicho usted en qué estaba pensando cuando entré. Dígamelo, se lo ruego –suplicó
Vronsky, interrumpiendo su conversación.
Ana no contestó. Inclinando levemente la cabeza, le diri gía, con la frente baja, la mirada de sus brillantes
ojos adornados de largas pestañas.
Su mano jugueteaba con una hoja y temblaba. Vronsky reparó en ello y en su rostro se expresó aquella
sumisión, aquella obediencia ciega que tanto conmovían a Ana.
–Veo que le pasa algo. ¿Cómo voy a estar tranquilo sabiendo que sufre usted una pena que no comparto?
Dígamela, por Dios –insistió.
«No le perdonaría si no comprendiese toda la importancia de... Vale más callar. ¿A qué probarle?»,
pensaba Ana, mirándole.
Y su mano y la hoja temblaban cada vez más.
–Se lo ruego, por Dios –insistió él.
–¿Se lo digo?
–Sí, sí, sí.
–Estoy embarazada –murmuró Ana lentamente, en voz baja.
La mano, que jugaba con la hoja, tembló más aún, pero ella no separaba la vista de él para ver cómo
recibía la noticia.
Vronsky palideció; quiso decir algo, pero se interrumpió, soltó la mano de Ana y bajó la cabeza.
«Sí, ha comprendido toda la importancia de este hecho», pensó Ana con gratitud.
Y le apretó la mano.
Pero se engañaba creyendo que él había comprendido toda la importancia de aquella noticia tal como ella
la comprendía.
En efecto, Vronsky, al oírla, experimentó diez veces más fuertemente que de costumbre la sensación de
extraña repugnancia que solía poseerle con frecuencia.
Por otro lado, comprendió que la crisis que él anhelaba ha bía llegado, que era imposible ocultar más los
hechos al marido y que de un modo a otro se tenía que acabar por fuerza con aquel estado de cosas.
Además, la emoción de Ana se comunicó a él casi físicamente. Le dirigió una mirada acariciadora y
sumisa, besó su mano, se incorporó y comenzó a pasear por la terraza en silencio.
–Sí –dijo al cabo, acercándose a ella–. Ni usted ni yo hemos considerado nuestras relaciones como una
broma. Y ahora nuestra suerte está decidida. Hay que terminar –dijo, mirando en torno suyo– esta mentira
en que vivimos.
–¿Terminar, Alexey? ¿Y cómo? –preguntó Ana, con voz temblorosa, iluminado el rostro por una débil
sonrisa.
–Abandonando a tu marido y uniendo nuestras vidas.
–Ya lo están ahora –repuso ella, con voz casi impercep tible.
–Pero no del todo.
–¿Y qué podemos hacer, Alexey? Dímelo –repuso Ana, sonriendo con tristeza al pensar en la delicada
situación en que se encontraban–. ¿Cómo salir de todo esto? ¿Acaso no soy la esposa de mi marido?
–Para todo hay salida. Es preciso decidirse –dijo Vronsky –. Cualquier cosa será mejor que vivir de este
modo. Yo veo perfectamente cuánto sufres por todo: por el mundo, por tu hijo, por tu marido...
–Por mi marido, no –dijo Ana con ingenua sonrisa–. No le conozco, no pienso en él, no existe para mí.
–No dices la verdad. Te conozco. Sufres por él.
–Además, él no sabe nada –dijo Ana.
Y de pronto sintió que las mejillas, la frente, el cuello, se le cubrían de rubor.
Lágrimas de vergüenza acudieron a sus ojos.
–No hablemos de él –concluyó.
XXIII