Mark Twain [28]
el brazo para sostener sus pasos. Tras del muchacho
venían los médicos de la corte y algunos criados.
Luego Tom entró en una suntuosa sala del palacio, cuya
puerta se cerró así que hubo atravesado el umbral con sus
acompañantes. A poca distancia, delante de él, había un
hombre recostado muy alto y obeso, con cara ancha y
abotargada y expresión severa. El pelo de su voluminosa
cabeza era completamente gris, y la barba, que le ceñía el
rostro como un marco, era también canosa. Vestía traje de
rica tela, pero vieja y algo deshilachado en alguno de sus
pliegues. Una de sus piernas hinchadas descansaba
apoyada sobre un almohadón y estaba envuelta con
vendas. Reinaba el silencio y no hubo cabeza que no se
inclinara con reverencia, excepto la de aquel hombre.
Aquel inválido de rostro sereno era el temido Enrique
VIII. Tomó, al empezar a hablar, una expresión afable y
dijo:
-
¿Cómo va mi señor, mi príncipe Eduardo? ¿Te has
propuesto engañarme, burlar a tu padre, el buen rey, que
tanto te quiere y tan bien te trata, con una lamentable
chunga?
El pobre Tom prestó al comienzo de aquella peroración
toda la atención que le permitió la turbación de sus
sentidos, pero al oír las palabras de «el buen rey»,
palideció y cayó instantáneamente de rodillas, como
alcanza o por un disparo. Entonces, alzando las manos,
exclamó:
-
¿Sois vos el rey? ¡Así pues, estoy perdido!
Estas palabras parecieron desconcertar al monarca. Sus
ojos comenzaron a vagar de rostro en rostro, extraviados,
y luego, atontado, se quedó mirando fijamente al
muchacho, y dijo por fin, con tono de profunda decepción: