Mark Twain [48]
de intentar solucionar un problema de tal trascendencia.
¡Ay, no había rascador hereditario! Entretanto, las
lágrimas habían desbordado su dique y empezaban a
deslizarse por las mejillas de Tom. La nariz contraída de
éste estaba pidiendo auxilio con más urgencia que nunca.
Por fin, la Naturaleza derribé las barreras de la etiqueta.
Tom elevó mentalmente una plegaria de perdón por si
estaba obrando mal, y tranquilizó los angustiosos
corazones de sus cortesanos decidiéndose a rascarse la
nariz por sí mismo.
Al terminar la comida, se presentó un lord con una
ancha jofaina de oro que contenía fragante agua de rosas,
para que el príncipe se enjuagara la boca y se lavara los
dedos, y milord el mantelero hereditario se acercó y le
ofreció una servilleta para secarse. Tom miró intrigado la
jofaina durante unos dos segundos, y luego la cogió, y,
acercándola a sus labios, bebió gravemente un sorbo. Pero
se la devolvió en seguida al lord y le dijo:
-
No me gusta, milord. Tiene un aroma agradable, pero
le falta fuerza.
Esta nueva extravagancia de la mente perturbada del
príncipe dejó muy apesadumbrados los corazones de todos
los presentes, y el triste espectáculo, a la vez grotesco, no
despertó la hilaridad de nadie.
La siguiente torpeza inconsciente de Tom fue levantarse
y abandonar la mesa en el preciso momento en que el
capellán se situaba detrás de la silla del príncipe, y con las
manos levantadas y los ojos en alto, pero con los párpados
medio entornados, se disponía a comenzar la acción de
gracias. Sin embargo, nadie pareció darse cuenta de que el
príncipe acababa de cometer un acto indebido.
A petición suya, nuestro amigo fue conducido a su
gabinete particular, donde le dejaron solo y a sus anchas.