Príncipe y mendigo [61]
susurraba al oído palabras entrecortadas de compasión y
de consuelo. Le había guardado, además, un bocado para
que se lo comiera, pero los dolores que sentía el muchacho
habían dejado a éste sin apetito..., por lo menos para
comer mendrugos negros y sosos. Se sintió conmovido por
la valiente y sufrida actitud de aquella buena mujer al
defenderle y por la conmiseración que le demostraba, y le
testimonió su gratitud con palabras nobles y principescas,
rogándole luego que se fuera a dormir y olvidara sus
sinsabores. Añadió que el rey su padre no dejaría sin
recompensa su bondadosa abnegación y su lealtad. Esta
vuelta a su «demencia» desgarró de nuevo el corazón de la
buena mujer, que estrechó repetidamente al muchacho
contra su pecho y, por fin, volvió a su yacija sumida en
lágrimas.
Mientras se hallaba tendida meditando con tristeza,
empezó a sentir su espíritu atormentado por la idea de que
aquel muchacho tenía algo indefinible que no era por
cierto lo que distinguía a Tom Canty, loco o cuerdo. No le
era posible determinar de qué se trataba y, sin embargo, su
inteligente instinto maternal lo observaba y parecía
descubrirlo. ¿Y si el muchacho no fuese realmente su
hijo?. Pero no, ese pensamiento era absurdo. Y esta idea
casi le hizo sonreír, a pesar de su aflicción y de sus penas.
Pero aquel pensamiento no se desvanecía y persistía en
atormentarla. La perseguía continuamente, la acosaba, se
pegaba a ella, la dominaba y se negaba a alejarse de su
cerebro y a ser olvidado. Al fin comprendió que su espíritu
no podría calmarse hasta que pudiera hacer una prueba
con la cual le fuese dable comprobar de una manera que
no dejase lugar a dudas si aquel muchacho era o no su
hijo. Ah, sí, éste era el mejor modo de salir del atolladero.
Se puso, pues, a reflexionar cuál sería la mejor manera de