Príncipe y mendigo [95]
Así lo hizo Tom y encontró doce peniques nuevos y
relucientes. ¡Una gran fortuna! Pero no fue esto lo mejor,
pues el gnomo prosiguió:
-
Te conozco. Eres un buen muchacho y mereces ser
dichoso. Tu existencia desgraciada ha terminado. Ha
llegado el día de la recompensa. Ven a cavar aquí cada
siete días, y siempre encontrarás el mismo tesoro: doce
peniques nuevos, y brillantes. No lo digas a nadie... guarda
el secreto.
Cuando hubo desaparecido el enano, Tom fue volando a
Offal Court con su premio, diciendo para sus adentros:
«Daré cada noche un penique a mi padre. Se figurará que
lo he ganado pidiendo limosna, estará contento y no
recibiré más palizas. Cada semana daré un penique al buen
sacerdote que se dedicó a instruirme, y los otros cuatro
peniques serán para mi madre, Bet y Nan, ¡Basta ya de
sufrir hambre y de llevar andrajos! ¡Se acabaron los
temores, los apuros y las brutalidades!
Llegó en sueños a su sórdido hogar, jadeante, pero con
los ojos centelleantes de entusiasmo y de gratitud. Echó
cuatro de sus peniques en el halda de su madre y dijo:
-
Todos son para ti y para Nan y Bet... obtenidos
honradamente, sin pedir limosna ni robarlos.
La madre, feliz y asombrada, le estrechó contra su
pecho y exclamó:
-
Se está haciendo tarde. ¿Quiere levantarse Vuestra
Majestad?
¡Ah, no era ésta la contestación que Tom esperaba! El
sueño se había disipado, estaba despierto... estaba
despierto.
Abrió los ojos y vio al primer lord de cámara
arrodillado junto a su lecho, y ricamente vestido. El
encanto del delicioso sueño se desvaneció y el pobre