-Pobres...
-Sí, pobres; bienaventurados los pobres de..., de...
- Espíritu...
-De espíritu; bienaventurados los pobres de espíritu, porque ellos .... ellos...
-De ellos...
-Porque de ellos... Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos..., será el reino de los cielos.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos .... porque ellos...
-Re...
-Porque ellos re...
-Reci...
-Porque ellos reci... ¡No sé lo que sigue!
-Recibirán...
-¡Ah! Porque ellos recibirán..., recibirán.... los que lloran. Bienaventurados los que recibirán, porque
ellos... llora rán, porque recibirán... ¿Qué recibirán? ¿Por qué no me lo di ces, Mary? ¿Por qué eres tan
tacaña?
-¡Ay, Tom, simple! No creas que es por hacerte rabiar. No soy capaz. Tienes que volver a estudiarlo. No
te apures, Tom: ya verás cómo lo aprendes; y si te lo sabes, te voy a dar una cosa preciosa. ¡Anda!, a ver si
eres bueno.
-Bien; pues dime lo que me vas a dar, Mary. ¡Dime lo que es!
- Eso no importa, Tom. Ya sabes que cuando prometo algo es verdad.
-Te creo, Mary. Voy a darle otra mano.
Y se la dio; y bajo la doble presión de la curiosidad y de la prometida ganancia, lo hizo con tal ánimo que
tuvo un éxito deslumbrador. Mary le dio una flamante navaja «Barlow» que valía doce centavos y medio; y
las convulsiones de deleite que corrieron por su organismo lo conmovieron hasta los cimientos. Verdad es
que la navaja era incapaz de cortar cosa alguna; pero era una «Barlow» de las «de verdad», y en eso había
imponderable grandiosidad... aunque de dónde sacarían la idea los muchachos del Oeste de que tal arma
pudiera lle gar a ser falsificada con menoscabo para ella, es un grave mis terio y quizá lo será siempre. Tom
logró hacer algunos cortes en el aparador, y se preparaba a empezar con la mesa de escri bir, cuando le
llamaron para vestirse y asistir a la escuela dominical.
Mary le dio una jofaina de estaño y un trozo de jabón, y él salió fuera de la puerta y puso la jofaina en un
banquillo que allí había; después mojó el jabón en el agua y lo colocó sobre el banco; se remangó los
brazos, vertió suavemente el agua en el suelo, y en seguida entró en la cocina y empezó a restregarse
vigorosamente con la toalla que estaba tras de la puerta. Pero Mary se la quitó y le dijo:
-¿No te da vergüenza, Tom? No seas tan malo. No ten gas miedo al agua.
Tom se quedó un tanto desconcertado. Llenaron de nuevo la jofaina, y esta vez Tom se inclinó sobre ella,
sin acabar de decidirse; reuniendo ánimos, hizo una profunda aspiración, y empezó. Cuando entró a poco
en la cocina, con los ojos cerrados, buscando a tientas la toalla, un honroso testimonio de agua y burbujas
de jabón le corría por la cara y goteaba en el suelo. Pero cuando salió la luz de entre la toalla aún no estaba
aceptable, pues el territorio limpio terminaba de pronto en la barbilla y las mandíbulas, como un antifaz y
más allá de esa línea había una oscura extensión de terreno de secano que corría hacia abajo por el frente y
hacia atrás, dando la vuelta al pescuezo. Mary le cogió por su cuenta, y cuando acabó con él era un hombre
nuevo y un semejante, sin dis tinción de color, y el pelo empapado estaba cuidadosamente cepillado, y sus
cortos rizos ordenados para producir un general efecto simétrico y coquetón (a solas, se alisaba los rizos
con gran dificultad y trabajo, y se dejaba el pelo pegado a la cabeza, porque tenía los rizos por cosa
afeminada y los suyos le amargaban la existencia). Mary sacó después un traje que Tom sólo se había
puesto los domingos, durante dos años. Le llamaban «el otro traje», y por ello podemos deducir lo sucinto
de su guardarropa. La muchacha «le dio un repaso» después que él se hubo vestido; le abotonó la chaqueta
hasta la barbilla, le volvió el ancho cuello de la camisa sobre los hombros, le coronó la cabeza, después de
cepillarlo, con un sombrero de paja moteado. Parecía, después, mejorado y atroz mente incómodo; y no lo
estaba menos de lo que parecía, pues había en el traje completo y en la limpieza una sujeción y
entorpecimiento que le atormentaban. Tenía la esperanza de que Mary no se acordaría de los zapatos, pero
resultó fallida; se los untó concienzudamente con una capa de sebo, según era el uso, y se los presentó.
Tom perdió la paciencia, y protestó; de que siempre le obligaban a hacer lo que no quería. Pero Mary le
dijo, persuasiva:
-Anda, Tom; sé un buen chico.
Y Tom se los puso, gruñendo. Mary se arregló en seguida, y los tres niños marcharon a la escuela
domin ical, lugar que Tom aborrecía con toda su alma; pero a Sid y a Mary les gustaba.
Las horas de esa escuela eran de nueve a diez y media, y después seguía el oficio religioso. Dos de los
niños se quedaban siempre, voluntariamente, al sermón, y el otro siemp re se quedaba también..., por