-Pues fue y metió la mano en un tronco podrido donde había agua de lluvia.
-¿Por el día?
-Por el día.
-¿Con la cara vuelta al tronco?
-Puede que sí.
-¿Y dijo alguna cosa?
-Me parece que no. No lo sé.
-¡Ah! ¡Vaya un modo de curar verrugas con agua de yesca! Eso no sirve para nada. Tiene uno que ir solo
en medio del bosque, donde sepa que hay un tronco con agua, y al dar la media noche tumbarse de espaldas
en el tronco y meter la mano dentro y decir:
¡Tomates, tomates, tomates y lechugas;
agua de yesca, quítame las verrugas!
y, en seguida dar once pasos deprisa, y después dar tres vueltas, y marcharse a casa sin hablar con nadie.
Porque si uno habla, se rompe el hechizo.
-Bien; parece un buen remedio; pero no es como lo hizo Bob Tanner.
Ya lo creo que no. Como que es el más plagado de verrugas del pueblo, y no tendría ni una si supiera
manejar lo del agua de yesca. Así me he quitado yo de las manos más de mil. Como juego tanto con ranas,
me salen siempre a montones. Algunas veces me las quito con una judía.
-Sí, las judías son buenas. Ya lo he hecho yo.
-¿Sí? ¿Y cómo lo arreglas?
-Pues se coge la judía y se parte en dos, y se saca una miaja de sangre de la verruga, se moja con ella un
pedazo de la judía, y se hace un agujero en una encrucijada hacia media noche, cuando no haya luna; y
después se quema el otro pedazo. Pues oye: el pedazo que tiene la sangre se tira para juntarse al otro
pedazo , y eso ayuda a la sangre a tirar de la verruga, y en seguida la arranca.
-Así es, Huck; es verdad. Pero si cuando lo estás enterrando dices: «¡Abajo la judía, fuera la verruga!», es
mucho mejor. Así es como lo hace Joe Harper, que ha ido hasta cerca de Coonville, y casi a todas partes.
Pero, dime: ¿cómo las curas tú con gatos muertos?
-Pues coges el gato y vas y subes al camposanto, cerca de medianoche, donde hayan enterrado a alguno
que haya sido muy malo; y al llegar la medianoche vendrá un diablo a llevárselo o puede ser dos o tres;
pero uno no los ve, no se hace más que oír algo, como si fuera el viento, o se les llega a oír hablar; y
cuando se estén llevando al enterrado les tiras con el gato y dices: «¡Diablo, sigue al difunto; gato, sigue al
diablo; verruga, sigue al gato, ya acabé contigo!» No queda ni una.
-Parece bien. ¿Lo has probado, Huck?
-No; pero me lo dijo la tía Hopkins, la vieja.
-Pues entonces verdad será, porque dicen que es bruja.
-¿Dicen? ¡Si yo sé que lo es! Fue la que embrujó a mi padre. Él mismo lo dice. Venía andando un día y
vio que le estaba embrujando, así es que cogió un peñasco y, si no se desvía ella, allí la deja. Pues aquella
misma noche rodó por un cobertizo, donde estaba durmiendo borracho, y se partió un brazo.
-¡Qué cosa más tremenda! ¿Cómo supo que le estaba embrujando?
-Mi padre lo conoce a escape. Dice que cuando le miran a uno fijo le están embrujando, y más si
cuchichean. Porque si cuchichean es que están diciendo el «Padre nuestro» al revés.
- Y dime, Huck, ¿cuándo vas a probar con ese gato?
- Esta noche. Apuesto a que vienen a llevarse esta noche a Hoss Williams.
-Pero le enterraron el sábado. ¿No crees que se lo lleva rían el mismo sábado por la noche?
-¡Vamos, hombre! ¡No ves que no tienes poder hasta medianoche, y para entonces ya es domingo. Los
diablos no andan mucho por ahí los domingos, creo yo.
-No se me había ocurrido. Así tiene que ser. ¿Me dejas ir contigo?
- Ya lo creo..., si no tienes miedo.
-¡Miedo! Vaya una cosa... ¿Maullarás?
-Sí, y tú me contestas con otro maullido. La última vez me hiciste estar maullando hasta que el tío Hays
empezó a tirarme piedras y a decir: «¡Maldito gato!» Así es que cogí un ladrillo y se lo metí por la ventana;
pero no lo digas.
-No lo diré. Aquella noche no pude maullar porque mi tía me estaba acechando; pero esta vez maullaré.
Di, Huck, ¿qué es eso que tienes?
-Nada; una garrapata.
-¿Dónde la has cogido?
-Allá en el bosque.