os y el ambiente de las redacciones, el cine barato y las tabernas pobres; el amor, inevitablemente abocado a la renuncia o
el agostamiento, cuando no a las dos cosas, algo que era, parece, hastante frecuente. Quedaba el resquicio de la huida y así,
por cierto, sucede eta esta novela, tan demoledora, de Las ninfas:
María Antonieta, ni novia ni amante, mero aliviadero el uno para el otro de efusiones y urgencias, « se encogió de hom-
bros» y cansinamente añadió «no sabes lo que quieres». Al tanto de los desvelos literarios del protagonista, aquello, obvia-
mente, «no daba dinero» y ella, por descontado, «no iba a entenderlo nunca». Ella y él subieron de nuevo a las bicicletas y,
huyendo de ellos mismos, pedalearon con furia, en silencio, cada metro más distanciados. Sencillamente sucedió que pron-
to fueron dos puntos inconciliables. Entre tanto amanecía y la ciudad, sus viejas torres románicas, se dibujaban hacia el
fondo de la carretera como «una especie de minaretes en el desierto».
Las ninfas vino a poner término a bastantes tópicos y a cierto tono, a muchas visiones estereotipadas, a no pocos clichés
narrativos y, desde la radical eficacia de un lirismo amargo, puede decirse que clausuraba un período. Cambió su «momen-
to» y hoy lo sabemos.
Prólogo
Volvimos al silencio, inmóviles.
-Te quiero -dije-, pero no quiero esta ciudad, esta vida, este trabajo que tengo. Voy a
hacer algo. Voy a irme.
-No te irás nunca -me cortó, no sé si despectiva o fatalista.
-Quizá no me vaya nunca. Soy cobarde. Pero, en todo caso, no quiero unirme a nada,
a nadie. Ni siquiera a ti. Por lo menos, quiero estar libre para tener ilusión de que puedo
irme en cualquier momento.