aquella edad, se siente neto, definitivo, frente a la ambigüedad fundamental de las grandes figuras históricas, de
las pequeñas figuras municipales y de los parientes de la familia. Lo cual no empece -entonces decíamos «no
empece»- para que uno, al mismo tiempo, se sufra y experimente a sí mismo todo el día, se soporte en forma de
medusa, pulpo de indefinidos tentáculos, nebulosa versificante y tal.
No otra cosa es la adolescencia que ese estar maduro por un costado y verde por el otro, de modo que yo podía
sentirme perfilado, refulgente y neto frente a los dioses de la mitología y los generales de la historia, que no eran
más que un magma común, pero al mismo tiempo me sentía invertebrado, desvaído y tonto frente a cualquier
funcionario público, visita de casa o señorita de escasos medios.
Y digo que nuestras almas nadaban como barbos líricos en las aguas azules y mediocres de la habitación,
porque al otro extremo de la misma, junto a la ventana enrejada, estaba mi primo, alguno de mis primos, con su
laúd, sus versos, su bigote temprano y sus amores, haciendo música, haciendo poesía, haciendo romanticismo,
sentimentalismo, erotismo blanco y sonetos malos. Él sí puede que tuviera un perfil, una personalidad, una per-
sona, una máscara (ya aprendíamos entonces en los griegos que máscara significa persona). Algo. Él debía tener
algo, porque había decidido llegar a los veinte años -tan lejanos aún- hecho un poeta romántico, un músico
medieval o un padre de familia, mientras que yo, más lejano aún de los veinte años, no había conseguido acerar
ni acendrar mi alma mediante el laúd, el endecasílabo, la novia o el bigote, así que andaba perdido entre todas
esas posibilidades y otras muchas, sin optar por ninguna, temeroso de la dispersión, ni optar tampoco por una
sola de ellas, temeroso de la limitación.
Un adolescente es un proyecto de adulto que fracasa todos los días para volver a empezar, y mientras que el
romanticismo de mi primo le permitía simultanear el laúd, los versos, el amor, el bigote, el sentimiento y la vida,
mi cartesianismo naciente, mi intelectualismo incipiente y mi cobardía congénita me llevaban por el camino del
orden: así que yo era la posibilidad de un bigote, la posibilidad de un laúd, la posibilidad de un soneto, la posi-
bilidad de un amor. Yo era pura posibilidad. Más que un bigote, yo era la ausencia de mi bigote. Más que nada
yo era -parafraseando a los modernistas españoles que por entonces empezaba a leer- mi melena rubia y el big-
ote que me faltaba. Yo no era nada.
Nadie.
Sabíamos, sin haber leído aún a Baudelaire, que hay que ser sublime sin interrupción. Baudelaire, aquel eter-
no adolescente, lo había escrito para nosotros, pero aún no lo habíamos leído, y era como si no lo hubiera escrito.
Yo quería ser sublime sin interrupción, y cada mañana acuñaba mi sublimidad, pero el día la iba llenando de
interrupciones: la interrupción del estudio, del trabajo, de algún recado familiar (todavía) e incluso la interrup-
ción del sexo, del cuerpo, del retrete, del erotismo, que entonces no era ninguna de esas cosas y era todas a la vez.
Porque la masturbación no era romántica ni científica ni clásica ni apolínea ni dionisíaca (puede que fuese
dionisíaca, sólo que no lo sabíamos). La masturbación aún no tenía encaje en la cultura, en nuestro panorama
cultural de sublimidad, y sin embargo había que masturbarse. Y quizá la masturbación, que no me cansaba el
cuerpo (contra lo que decían los curas) sí me cansaba el alma, porque después de la masturbación toda la per-
sona quedaba desestructurada, todo el personaje se venía abajo, y había que volver a empezar de nuevo por el
principio, lo cual era un poco agotador. Se fabrica uno penosamente un clasicismo durante una semana y de pron-
to un golpe dionisíaco, en tres minutos, lo echa todo por tierra, deja en ruinas nuestros Partenones interiores y
uno vuelve a ser un paria que vaga por las estepas y las nebulosas de la falta de personalidad. Los médicos lo lla-
marían más tarde crisis de identidad. El adolescente sufre muchas crisis de identidad. No sólo la angustia de no
saber quién es, sino, sobre todo,. la angustia de no saber quién quiere ser, cómo quiere ser, qué quiere ser en la
vida.
Aquella pregunta que aún nos hacían las visitas pocos años antes:
-¿Y tú qué vas a ser, rico?
El niño, que no tiene crisis de identidad, porque es natural, salvaje y continuo, sale del paso diciendo que va
a ser bombero, pero el adolescente encuentra que un bombero no puede ser sublime sin interrupción. Realmente
le repugna la idea de ser bombero. El adolescente lo que quiere es ser sublime de una vez por todas y para siem-
pre, y en vano me buscaba yo, por los enormes y expresivos espejos de la habitación azul, un perfil de sublimi-
dad que no tenía, porque unas veces veía en el espejo a un pardillo orlado de negro y oro, y otras veces veía un
golfo, un mal estudiante, un pequeño empleado o un tísico lúbrico, pero nunca veía en el espejo a don Alfonso
de Lamartine, don Alfredo de Musset, don Pierre Loti ni ninguno de aquellos románticos y posrománticos que
leíamos mi primo y yo.
Estoy seguro de que a él le hubiera resultado fácil ver a Gustavo Adolfo Bécquer, porque lo frecuentaba, pero
a mí me aburría Bécquer, como sigue aburriéndome, y me aburrían un poco, en el fondo, todos aquellos román-
ticos recalentados que leíamos en traducciones poco estimables y colecciones de segunda mano que olían a per-
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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