iódico viejo y a violetas imperiales. Pero yo sabía que el crisol de mi personalidad, la clave de mi futuro, tenía
que salir de allí, de la habitación azul con sillones hondos y bordados chinos, con sillas incoherentes y decorati-
vas, con aparadores y armarios que eran como altares sombríos a los muertos de la familia. Y buscaba en los
libros, en los espejos y en mis propios escritos. Los libros eran pocos, pero para mí eran todos los libros, y sólo
muchos años más tarde he vuelto a saber que, efectivamente, eran todos los libros, porque lo que lee uno después
de la adolescencia es ya siempre repetición de lo leído (se lee siempre el mismo libro, como se escribe el mismo
libro; el que uno quiere leer y escribir, nuestro libro) y porque no hay manera de que un libro leído más tarde
pueda poseernos como nos poseyó aquél, como nos poseyeron aquellos.
En estas cosas iba cayendo la tarde, se iba desanimando el crepúsculo, entre las tarantelas melancólicas del
laúd de mi primo, los versos modernistas que me habían caído en las manos, los pianos del vecindario, las radios
de las cocinas, los coros de modistas y los gritos de los chicos allá abajo, en la plazuela. Lo que quedaba de toda
una tarde de sublimidad y sueño en la habitación azul, con resoles en el balcón y láminas antiguas, era la canti-
nela de un anuncio de la radio, que me envilecía hasta la hora de la cena.
¿Cómo ser sublime sin interrupción?)
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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