tir con las mujeres, de modo que cuando esas mujeres llegan, todo le parece ya vivido anteriormente, aunque sea
la primera vez. La masturbación, pues, era la otra vida, una vida anterior y platónica en la que vivíamos, dentro
del retrete (que venía a ser la caverna de Platón) todo lo que luego íbamos a volver a vivir de verdad en la vida.
En la masturbación, al adolescente le nacía en su carne, le florecía en su cuerpo una mujer que deseaba su vir-
ilidad, y por eso el adolescente más tarde, hombre ya, adulto, maduro, comprende bien el deseo de las mujeres
por él, recuerda ese deseo, lo ha sentido en sí, y la necesidad de sentirse deseado por una mujer quizá sea la
necesidad de volver a sentirse amado por uno mismo, cuando uno mismo ya no se ama nada, a través de otra
persona.
O sea, que el adolescente era un narciso. Eso estaba claro y yo lo sabía, por lo poco que había leído, pero hay
un narcisismo inverso que consiste en odiarse con furia, con desesperación, con rabia, como yo me odiaba
después de la masturbación, o los domingos por la tarde, sin motivo. El sitio de las grandes pasiones desencade-
nadas, pues, era el retrete, el sitio de amarse y odiarse uno a sí mismo, porque el adolescente sólo se tiene a sí
mismo, y esto es lo desesperante, lo enloquecedor de la adolescencia.
La adolescencia era, sobre todo, una incomunicación. Una incomunicación que se hacía más real allí, dentro
del retrete, entre olores de cisterna y músicas de patio. Pero uno salía del retrete y seguía estando dentro del
retrete, llevaba el retrete consigo, a días. Quiero decir que yo, entre la gente, en el paseo, en familia, me seguía
sintiendo preso dentro de un rectángulo de paredes costrosas y olores insoportables, incomunicado de los demás
y de mí mismo. Era una tortura, una angustia y un ahogo llevar el retrete en torno, pero había días -qué se le iba
a hacer- en que yo llevaba conmigo el retrete y no conseguía romperlo, salir de él. Los poetas hablan de crisáli-
da, cuando se refieren a la adolescencia. Yo prefiero hablar de retrete.
Me pasé años, muchos años, dentro de un retrete.
Claro que también había días sin retrete, días en que me sentía comunicado con el mundo, tocado por todas
las distancias, perseguido por todos los perfumes, pero esta exaltación del cuerpo y de la naturaleza no era sino
un volver a empezar el proceso que conducía al retrete. Como única liberación, se podía probar a masturbarse en
el campo, entre la hierba, en el río, a la orilla o en una barca, en el parque, y entonces lo que sobrevenía no era
una clausura, sino como un asordamiento, un zumbido de todo el planeta en torno, un mosconeo de la natu-
raleza, un aturdimiento. Qué pequeño mi pecado, qué pequeño mi cuerpo al aire libre, bajo aquellos cielos múlti-
ples que nunca han vuelto a ser tan múltiples. La mejor manera de borrarlo todo era meterse en el agua del río o
de la acequia, desnudo, y estar allí hasta que el frío de la corriente me apretaba en el estómago. Salía uno del agua
purificado, como los hindúes que yo había contemplado en los grandes reportajes de las grandes revistas, cuan-
do entran y salen del río Ganges.
El río y la acequia tenían un agua terrosa, sucia, marrón, embarrada, y esto contribuía a la sensación de
Ganges purificador. Porque la otra purificación, la de la iglesia y la confesión, ya había descubierto yo que era
también más física que espiritual. Llegaba uno a la iglesia con las orejas rojas de pecado, por la aceleración de la
sangre de la masturbación, con los ojos encendidos de culpa, y el frescor de la capilla, su oscuridad, su silencio,
eran ya un sedante sólo enturbiado por el bisbiseo de las viejas, de los curas y de los sacristanes. En las aguas
oscuras de la iglesia había que bañarse con unas cuantas viejas que habían ido también a confesarse, mientras
que en las aguas de la acequia se bañaba uno solo, rodeado de mujeres tersas e imaginarias, esas mujeres únicas
que entrevé uno ya sin deseo, y que son las más frescas, claras y puras.
Eran las ninfas de la acequia. (Todavía no había llegado el momento de acudir a la acequia con ninfas y musas
de carne y hueso.)
El adolescente dejaba de creer, no sólo porque descubría que la purificación física era mejor que la de la igle-
sia, sino porque descubría que la purificación de la iglesia también era física, psicológica como mucho: una
penumbra, un frescor, una media voz pausada, un silencio. El beso breve del agua bendita en la frente me des-
cubrió el camino. Era meter la cabeza entera en el agua bendita de la gran pila románica lo que de verdad me
apetecía.
Comprendí que toda el agua era bendita, comprendí que el agua es bendita, el elemento más puro y lírico de
cuantos acómpañan y reflejan al hombre en la tierra, y me fui directamente al agua. Cambié el agua estancada y
antigua de la iglesia por el agua real y terrosa de la acequia, que arrastraba fondos, subsuelos, frescas corrientes
de tierra entre sus frescas corrientes de agua. Y aquella tierra me lavaba como un asperón glorioso, a la hora del
atardecer, cuando la acequia de sol se iba trocando en acequia de luna, cuando los álamos, chopos y cipreses que
la bordeaban, iban teniendo ya la penumbra y la perspectiva de las viejas láminas renacentistas de mi primo o de
los nuevos -novísimos para mí- poetas modernistas y posmodernistas que habían escrito renglones de luz a
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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