comienzos del siglo.
De este modo, el misticismo se iba trocando en lirismo y el devoto se iba trocando poeta. Yo asistía lúcida-
mente a este proceso y me parecía tan trascendente que no acababa de creérmelo. De modo que salía de la ace-
quia, daba unas carreras, desnudo por el campo, me vestía (la ropa estaba cálida del último sol) y caminaba con
la luna a la espalda, como un fardo ligero, hasta salir a la carretera y parar el autobús de regreso a la ciudad.
Eran las tardes en que uno iba realmente madurando, creciendo, y además lo sentía. Pero eran las menos.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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