geológicas acumuladas y superpuestas en aquel palacio de incontables revocos, atravesaba las capas culturales
sucesivas, los patios, los claustros, cada uno con su aire, con su clima, con su olor, y llegaba a una estancia
antigua, abodegada y noble, fría, muy fría, toda de maderas oscuras con restauraciones de otra madera más clara,
parches lamentables que procuraba ignorar, en mi necesidad de situaciones perfectas y absolutos culturales.
El contacto de aquella puerta claveteada y trabajada, la castidad de aquellas maderas pulidas por el saber, la
hondura de aquella pieza no muy grande, con un olor vago a juzgado y a convento, me proporcionaban un
conocimiento táctil, olfativo y plástico de la literatura, de la poesía (que siempre han seguido siendo para mí men-
esteres sensuales). Los del Círculo Académico se reunían una vez por semana, creo que era los miércoles, bajo la
advocación de algún poeta perdido (preferentemente local) del Siglo de Oro, y bajo el patrocinio no mucho más
directo ni cercano en el tiempo de algún vago académico (necesariamente local) que quizá les había escrito unas
letras temblorosas para estimularles en el cultivo del Arte, la Retórica, la Lírica y otras cuantas mayúsculas que,
efectivamente, deben ser cultivadas con asiduidad, como plantas, para que no se sequen y se queden en minús-
culas. De modo que todo aquello tenía un tono academizable, correcto, intemporal y polvoriento.
Los circulistas eran una dama elegante, madura, con mechón de canas en el pelo impreciso, un joven impetu-
oso, de cabeza clásica (de un clasicismo de gimnasio), otro joven de rostro orientaloide, alto, tuberculoso, vesti-
do de marrón protocolario, que sonreía mucho y sin duda brindaba todas sus actuaciones en verso y prosa a las
damas circunstantes, otro joven, aún, de modales rudos, pelo fosco, voz poco académica y escasa estatura, que
pudiera ser «el turbión de vida» entre todos aquellos exquisitos y decadentes, y así se lo decían:
-Usted, Muñoz, es que es un turbión de vida.
A mí me gustaba que aquella gente hablase de una manera tan literaria, pero al mismo tiempo me divertía.
Estaban, también, el músico alto, delgado y lorquiano, el orador joven, de melena y miopía, y el poeta místico,
el de los sonetos impecables y dieciochescos, que era un estudiante bajito, eterno opositor a algo, con gafas de
fraile pícaro y sonrisa de beato que nunca será beatificado.
En torno, todo un coro pálido y enlutado de poetisas ni jóvenes ni viejas, multicolores y funerarias al mismo
tiempo, que reían, suspiraban, jadeaban en las lecturas masculinas y se abanicaban mucho en las lecturas femeni-
nas, como para suprimir o ahuyentar a golpes de abanico todo aquel sentimentalismo de la competencia, que era
el suyo propio. El llamado público éramos media docena de estudiantes, chicos y chicas, cuatro monjas jóvenes
y un señor entrecano que a lo mejor era de la policía, aunque yo ni lo sospechaba.
Las sesiones transcurrían suavemente, discretamente, y los de los estrados del público acudíamos a aquello
como a un sarao en el que no teníamos ningún derecho de participar, como a una gala vista en sueños, lejana,
en la que ellos y ellas decían versos, prosas, cambiaban impresiones, sonreían, se galanteaban, y pasaban del
guiño cómplice de las pausas a la solemnidad auditiva de los recitados. Yo, atento a la estética del acto, a sus leyes
rotatorias, a la desenvoltura de los jóvenes escritores -en quienes ya me veía- y al poder declamatorio de las poet-
isas, la verdad es que no me enteraba apenas de lo que decían aquellos sonetos en los que siempre salían Dios y
la novia, y quizás me enteraba un poco mejor de los discursos del orador de la melena, la. miopía y los dientes
apretados, lo que me hacía pensar si estaría yo mejor dotado para la prosa que para el verso, o si bien es que esta-
ba absolutamente incapacitado para el lirismo, para las ideas, para la literatura y para vestir elegantemente de
marrón, como aquel muchacho poco mayor que yo.
Me gustaban aquellas sesiones, a pesar de todo, a pesar de que no me enteraba de nada, y me gustaban porque
eran la constatación de que había un mundo secreto, una secta pacífica, un mercado amable, en el mundo, que
era el de la literatura, y en el cual yo quería vivir por los siglos de los siglos, nocturnamente, sin contacto con los
comerciantes de la mañana, los políticos del periódico ni los parientes de la familia. Me gustaba la clandestinidad
inocente de todo aquello. Pensaba que bastaba con esta constatación, y que las ideas quedarían para más tarde,
pues si bien no había entendido nada de momento, tampoco iba allí a entender, a aprender, sino a ver la literatura
en vivo, a ver vivir a aquellos escritores, aunque fuesen aficionados, pues tampoco aspiraba yo a otra cosa que a
escritor aficionado, ya que la profesionalidad, toda profesionalidad, siquiera fuese la profesionalidad literaria, me
daba miedo. La adolescencia, la juventud, siempre siente horror de profesionalizarse. Un horror irracional y
repetido que quizá no sea sino la resistencia a pactar con el tiempo, a comprometerse con la muerte. En los reinos
del amateurismo se vive como más impunemente y, en esa impunidad, parece que el tiempo y la muerte casi per-
donan.
Así y todo, salía yo de aquellas reuniones lleno de palabras y de dudas, repitiéndome en la cabeza algún verso
que se me había quedado y todavía puedo recordar, «tanta soledad me inclina a abandonarme en el viento, péta-
los de rosa muerta tengo arrojados a cientos». La embriaguez de las palabras se confundía en mí con las dudas
sobre la propia vocación y las propias capacidades. Tanta soledad me inclina a abandonarme en el viento, péta-
los de rosa muerta tengo arrojados a cientos. ¿Era aquello bueno o malo? Lo había recitado, dentro de un poema
Las
ninfas
Francisco
Umbral
14