breve, un poeta de pelo negro peinado hacia atrás, muy brillante, y que le quedaba tieso sobre la nuca, hacién-
dole como una graciosa cola de pato. También su nariz tenía algo respingón, excesivo y descarado, como los
picos de los patos. Era, pues, el poeta, como un pequeño Cyrano sonriente. Tanta soledad me inclina a aban-
donarme en el viento... ¿Era aquello bueno o malo? Todavía hoy no lo sé.
En todo caso, sonaba, a mí me había sonado, y yo también sentía que tanta soledad me inclinaba a abandon-
arme en el viento. ¿Y aquel derroche lírico del verso siguiente, que llenaba el mundo y mi vida de una lluvia flo-
ral y funeral? Pétalos de rosa muerta tengo arrojados a cientos.
Y me lo repetía a mí mismo una y otra vez y llegaba a creer que los versos eran míos.
De vuelta a casa, ya muy tarde, solo, tenía momentos de exaltación, por las calles negras, en que me sentía
hundido en plena orgía literaria, pero a medida que me iba aproximando al hogar todo se desvanecía, y yo caía
en la duda, el miedo, la desesperanza, el cansancio, y me veía condenado por siempre a asistir a la gloria de los
otros y sólo eso. Cenaba sin gana y me acostaba llorando.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
15