emigrar al anónimo de Madrid.
Los domingos y días de fiesta, Miguel San Julián se ponía su pantalón abolsado, con una chaqueta a juego,
aunque un poco remendada, se peinaba mucho su pelo pajizo, alegre, y se echaba a las calles a mirar a las
mujeres, a hablar con las chicas, a olerlas, a buscar lo que no sabía cómo encontrar en la mujer, pues ni él ni yo
ni casi nadie teníamos la clave de qué era una mujer ni de cómo se llegaba a ella.
Los domingos por la mañana, Miguel San Julián y yo nos encontrábamos en el paseo de la calle principal. Se
veía en seguida, entre las cabezas, su cabeza clara, de un oro demasiado basto, de una paja aldeana que, sin
embargo, tenía momentos anglosajones.
Quizás yo iba mejor vestido que Miguel San Julián, o peor, pero en todo caso le admiraba un poco por su
seguridad, porque era de una pieza, alegre y decidido, elemental y claro, y envidiaba su transparencia, sin fondos
literarios, sin claroscuros espirituales, de modo que decidí exagerar mi propio fervor por la vida, forzarlo, dicién-
dome que era más importante perseguir chicas por la calle que escuchar los sonetos del opositor o los discursos
del orador o los suspiros de las poetisas. Paseábamos toda la mañana por aquella calle, entre las gentes del domin-
go, mirábamos a las chicas, nos enterábamos milagrosamente de sus nombres, vivíamos la fiesta hasta el fondo,
persuadidos de festividad, llenos de un ardor dominical y soleado, hasta que las familias, las parejas, los racimos
de muchachas se iban deshilachando, desflecando, desvaneciendo, y finalmente éramos los últimos en el paseo,
paseantes entre restos de sol, de amistad, de perfume, cuando la prensa caliente de Madrid estaba ya en todas las
manos y su olor tipográfico me devolvía a mí, lejanamente, a mi mundo literario. La mañana del domingo nos
había dejado un poco vacíos, frustrados, perdidos, aunque yo no veía esto en los ojos azules y claros de Miguel
San Julián, sino una luz ligera que no había perdido brillo. Aún nos quedaba la tarde.
Por la tarde, Miguel San Julián iba con su padre al fútbol, pues era una especie de rito en aquella barriada fer-
roviaria en que vivían el que el padre iniciase al hijo en las ceremonias varoniles y festivas, como el fútbol, el vino
o las grandes meriendas de hombres solos, con partida de dominó o de cartas. Yo me quedaba en casa, en la
habitación azul, al otro extremo de la ventana donde mi primo tocaba el laúd durante todo el domingo (tarante-
las, boleros, canciones hispanoamericanas, pasos de rondalla), leyendo el periódico de Madrid que había com-
prado por la mañana, o leyendo un libro, pues mi fervor por la vida, a remolque del vitalismo de Miguel San
Julián, no llegaba a arrastrarme al fútbol ni a hacerme olvidar del todo la lectura. El periódico de Madrid,,
cualquier periódico, era una fiesta para mí, con sus fotos de famosos y famosas, su acercamiento a los grandes
escritores, sus firmas ya conocidas y archivadas en mi cultura literaria, y lo leía todo, desde los editoriales políti-
cos hasta los reportajes deportivos, buscando una chispa de literatura, una frase, un adjetivo, una palabra nueva,
mejor, distinta.
Los artículos estrictamente literarios los leía varias veces. Era un lector incondicional que siempre estaba de
acuerdo con todo y con todos. No tenía sentido crítico, o prescindía de él momentáneamente, y aún creo que
debe ser así en el lector joven, pues la admiración enriquece mucho más que la reticencia, y sólo el que ha admi-
rado mucho, el que lo ha admirado todo, lo bueno y lo malo, lo favorable y lo adverso, se encuentra más tarde
en posesión de tesoros que ya irá depurando. El solo hecho de escribir en un periódico me parecía absolutamente
mágico, como me lo sigue pareciendo, y no comprendía a algunos de aquellos genios del Círculo Académico que
todo lo leían con reticencia y crítica, y que por lo tanto se estaban preparando para ser unos estreñidos literarios,
unos descontentos, unos resentidos. A mí me valía todo.
Hacia media tarde, cuando había terminado el partido, yo me encontraba otra vez con Miguel San Julián en
la calle principal; debajo de un marcador de fútbol que tenía ya, escritos con tiza, los resultados de los encuen-
tros correspondientes a la categoría en que militaba el club local. Miguel San Julián me contaba algunas cosas
del partido y en seguida nos poníamos a perseguir chicas, paseábamos tras ellas y les decíamos cosas, y yo
advertía que mis palabras eran siempre más complicadas, más literarias, menos espontáneas que las de Miguel
San Julián, porque yo, al fin y al cabo, estaba representando una comedia real, la comedia de mi vitalismo, autén-
tico, pero falsificado por la sola mirada de mi otro yo, mientras que Miguel San Julián, siempre de una pieza,
decía las cosas con el alma, cosas elementales y directas, o tópicas y vulgares, que a mí incluso me avergonzaban
un poco, a veces, pero que encontraban más eco y más risa entre las chicas.
Hasta que teníamos a dos paseantas entre nosotros, dos chicas olorosas a colonia y a domingo, olorosas a
pipas, a cacahuetes o a cine, olorosas a chica, sobre todo, y que iban muy cogidas del brazo y nos escuchaban
con una burla popular en los ojos y en la boca, o hablaban entre ellas, o, por fin, se reían ruidosamente, clara-
mente, para aliviar, sin duda, la tensión del momento, el embarazo de aquella situación, la emoción de habernos
conocido los cuatro de pronto. Si la conversación no iba bien, probábamos, en una vuelta del paseo, a cambiarnos
de lado, a cambiarnos de chica, y en esto los ojos claros de Miguel San Julián funcionaban a la perfección, con
miradas que eran señales precisas.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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