Las acompañbamos, luego, a sus barrios lejanos, paseando, y la gran victoria era desparejarlas -cosa nada
fácil-, conseguir que soltasen los eslabones dorados de sus brazos y se viniera cada una con uno de nosotros, hasta
su portal oscuro, donde todo terminaba con un amago de beso y la carrera alocada de la muchacha escalera arri-
ba. Pero lo más frecuente era que nos quedásemos solos en un barrio lejano, Miguel San Julián y yo, comentan-
do el encuentro con las chicas, hasta que las íbamos olvidando poco a poco y se iba borrando de nosotros el per-
fume sencillo y fascinante de sus cuerpos. Entonces, Miguel San Julián se consolaba recordando el partido de por
la tarde, la victoria de su equipo, o cantaba canciones mexicanas, y yo asistía en silencio a la vida de aquel ser
sin fisuras, sin desfallecimientos, que podía ser otro modelo para mi propia vida (tan distinto de los poetas del
Círculo Académico, pero acaso más válido), porque todo eran modelos a imitar, por entonces, desde el escritor
famoso hasta el amigo de la acequia. Nos despedíamos hasta otro domingo y regresaba yo a casa, solo, tarde ya
para cenar, por barrios lejanos, desconocidos y llenos de luna, entre tapias, traseras, campos y huertos. El ladri-
do de un perro o el silbido de un tren, en la lejanía, me daban como la medida de mi soledad.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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