no era ni iba a ser más que un obrero, pero yo no veía nada claro que un obrero fuese menos que un empleado,
sino al contrario, y en realidad envidiaba su futuro luminoso y duro, entre máquinas brillantes, trabajando quizá
al aire libre, terso y helado del invierno, bien revestido de jerséis, hablando de mujeres, de fútbol y del propio tra-
bajo con sus compañeros de taller, sin problemas de clase ni angustias interiores, iluminado su pelo pajizo por el
sol entero de las mañanas laborales. Y en aquella integración lenta y dolorosa en el mundo de la burocracia,
donde yo no me veía, donde no veía sublimidad posible, donde se borraba y perdía mi imagen, mi perfil, tan
pacientemente elaborado, quedaba detenido de vez en cuando, quedaba varado por la enfermedad, unos meses
en la cama, quieto, pensando que iba a morir escupiendo sangre sobre la negra y férrea máquina de escribir, como
los de allá arriba, y soñando más y más en liberarme de todo hacia un mundo de aire libre y ríos frescos que no
había conocido nunca, y que no corrían, en realidad, sino por los sonetos que escuchaba a los poetas del Círculo
Académico, o los poemas que leía en los viejos y deslumbrantes libros de la habitación azul. La literatura una
vez más.
Aquellas etapas de enfermedad, aquellas épocas eran un remanso inesperado y soso de mi vida. Quizá la ado-
lescencia sea un estatismo, una impaciencia, un sentir que no se mueve uno. del sitio, que no cambia de postura
—aunque realmente es la edad en que más se cambia, sin saberlo-, y esto quedaba corroborado por el forzado
estatismo de la cama y la enfermedad, la febrícula, la inflamación ganglionar, la falta de apetito. Días quietos que
se henchían como globos, en los que el mundo se llenaba de una luz neutra y grande, allí en mi alcoba, bajo el
cuadro de las ánimas del purgatorio, con los ojos puestos en el sol de la ventana, y un libro de versos al lado, con
estrofas claras y purificadoras, campo campo campo, entre los olivos los cortijos blancos. O aquello otro, más difí-
cil de descifrar, pero más luminoso, al fin: «cima de la delicia, todo en el aire es pájaro, que alacridad de mozo
en el espacio airoso, henchido de presencia. Hueste de esbeltas fuerzas. El mundo tiene cándida profundidad de
espejo, las más claras distancias sueñan lo verdadero». Se partía el cielo para dejar ver un azul más puro, con
aquellos versos. Todo en el aire es pájaro. El mundo tenía cándida profundidad de espejo, las más claras distan-
cias soñaban lo verdadero, y esto me remitía a las tardes de la acequia, a los veranos de la acequia, solo o con la
pandilla de Miguel San Julián (que nunca iba a verme cuando estaba enfermo), a un estío permanente (luego
aprendería a decir «estación total») sin oficinas, prensas de bolas, retretes ni iglesias.
Aquel parón de la enfermedad, impuesto a la prodigiosa y desconocida velocidad de la adolescencia, producía
en mí una acumulación de fuerzas, de imágenes, de capacidades receptivas, que me anegaba de perfumes, de
luces, de visiones, y me veía a mí mismo en la cripta de sombra de la alcoba, desgraciado como los niños de
D’Amicis y Alfonso Daudet, pero mirando por la ventana el globo inmenso, claro y caliente de la vida. Las áni-
mas del purgatorio me tenían preso en su cuadro, y un médico viejo, pequeño y tierno venía a verme de vez en
cuando, llenándolo todo de ceniza y respiración, y era irónico que aquel fardo de muerte y alcohol estuviera
dando la vida (en realidad no me daba ni podía darme nada) a un muchacho largo, blanco y lleno de proyectos.
Las enfermedades, ya digo, fueron distanciándome de Miguel San Julián, en cuyos no formulados programas
vitales no debía entrar la enfermedad para nada, sin duda, puesto que nunca iba a verme, y, por otra parte, yo era
el que, en los atardeceres, cursa asignaturas nocturnas, contabilidades, idiomas, artes y oficios, taquigrafías, todas
esas cosas que estudia el que nunca va a ser nada en la vida, y las máquinas de escribir de las academias, desven-
cijadas como diligencias de las palabras, las usaba para redactar poemas en prosa, relatos, aventuras, mientras
entre todo aquel saber inútil y nocturno, heterogéneo y atardecido, se me perdía más y más mi imagen, mi per-
sona, mi perfil, mi deseo de sublimidad, mi necesidad de sentirme entero, neto, implacable y definitivo.
En todo esto soñaba mientras las cartas comerciales iban dejando su huella malva en el papel cebolla de los
grandes libros judiciales, mediante el trámite antiguo y necio de los paños húmedos y la prensa, y estaba inmóvil,
sentado en mi escalón, preso en el grabado histórico, preso en la red caligráfica de las oficinas, preso en la enfer-
medad y el miedo.
Cuando me ponía en pie ya se me había enfriado y deshecho el vientre, y la prensa tenía un gemido de hier-
ro cuando yo daba vueltas a los brazos de bolas para sacar el libro. Esto días y días, tiempo y tiempo, y a veces
me bajaba un libro conmigo, en el bolsillo, un libro de la habitación azul, o un libro golfo comprado a la puerta
de los mercados, en los tenderetes ambulantes, para leer mientras se hacía la labor simple de la prensa.
Sentía que estaba viviendo una vida equivocada, que yo no iba a ser el que era, que no me correspondía morir
sobre uno de los proboscidios libros de contabilidad que manejaban allá arriba, ni vivir entre el aroma de viole-
tas falsas de los tampones, pero mi envidia por la vida futura y segura de Miguel San Julián tampoco me parecía
real: era una cosa literaria, ya que yo nunca aprendería un oficio manual ni manejaría con precisión una lima,
hermosa como una espada, para modelar los perfiles absolutos de las grandes máquinas. Mas llegaba a soñar
intensamente aquello y, en tanto, seguía siendo el niño antiguo, pálido y nocturno de los grabados del nacimien-
Las
ninfas
Francisco
Umbral
20