hacía compaña cuando yo estaba en cama y él se convertía en mi amigo íntimo, llenando así la ausencia de
Miguel San Julián.
Nuestro parecido físico (él, además de tener el pelo rubio, lo tenía hermosamente rizado) subrayaba aquel
enfrentamiento tácito que había entre él y yo, enfrentamiento al que asistía todo el barrio, y que hacía de mi doble
una versión muy superior de mí mismo, mucho más idealizada, perfumada, organizada y prometedora. Es fácil
y frecuente que tengamos un doble en la vida, un modelo de nosotros mismos (a casi todo el mundo le ocurre) y
esto es torturante, tanto si superamos al modelo como si no, porque siempre se vive tiranizado por esa con-
frontación constante, y esto no hace sino revelar el fondo irónico de la existencia humana, ese vivir dramática-
mente en un mundo que no es dramático (como leía yo por entonces en un filósofo escondido), porque el drama
lo ponemos nosotros, y seguramente el doble, el modelo, también nos lo inventamos nosotros. Mas allí estaba
Cristo-Teodorito, limpio, sano, sonriente, viniendo de su bachillerato y yendo a la congregación (adonde me lle-
varía algún día) y allí estaba yo, enfermo en la cama, o rendido de mi trabajo y mis estudios de todo el día, o de
mis correrías con Miguel San Julián, detrás de las chicas, y cuando hablábamos de literatura, Cristo-Teodorito
siempre tenía datos del latín y del griego para aportar, datos de su bachillerato brillantísimo, mientras que yo sólo
podía aducir una cultura caótica, casual, más que causal, una cultura dispersa, salvaje, autodidacta y romántica.
No es que yo quisiera ser como Cristo-Teodorito. Yo me buscaba modelos en la vida, pero la vida me ofrecía
dobles. Un modelo incita, mejora, ennoblece, despierta el sentido emulativo. Pero un doble hastía, desmoraliza
y desconcierta. El modelo se elige y el doble te lo imponen. Cristo-Teodorito era la burla sublime de lo que yo no
era. Un espejo que la vida, ya tan temprano, me ponía delante. Es lo que pasa, supongo, con los hermanos. Debe
ser funesto tener hermanos, que si son superiores a uno, lo anulan, y si son inferiores, lo envilecen con la común
mediocridad familiar y consanguínea. Uno puede elegir, lleno de sentido sadomasoquista, y como animal ado-
rador que es el hombre, los más sublimes modelos humanos de la historia, de la literatura o de su barrio, pero es
difícil que uno pueda aprender, tomar o asimilar nada de un hermano, un padre o un pariente glorioso, porque
lo tiene demasiado cerca para respetarlo y demasiado lejos (dentro de las familias hay distancias inmensas y sec-
retas) para imitarlo. Claro que Cristo-Teodorito, dentro de la familia ideal que era la suya, sí había aprendido de
su padre a llevar un pañuelo planchado asomando por el bolsillo alto de la chaqueta, y otro pañuelo planchado,
en el pantalón, para limpiarse la nariz y volver a doblarlo, pero yo creo que la dignidad se la confería el hijo al
padre, más que el padre al hijo, pues el padre tenía un hijo que iba para doctor en Leyes, mientras que el hijo sólo
tenía un padre que iba a la oficina, a un modesto empleo municipal, y estas cosas se saben, las sabe el subcon-
sciente, aunque parezca que no. Quizás, lo que había entre ellos era un pacto secreto, un pacto que ellos mismos
ignoraban, de modo que el chico vivía de superar sádicamente el modelo ya anticuado del padre, mientras el
padre vivía de la gloria jurídica y venidera del hijo. Intuía yo por entonces que las mejor trabadas familias se sus-
tentan siempre en estos pactos inconfesables, en estos entrecruces egoístas y subconscientes. Y Cristo-Teodorito
se pasaba la tarde entera conmigo, yo en la cama y él muy planchado en una butaca, hablando de literatura, mien-
tras de la habitación azul nos llegaba el laúd melancólico e insistente de mi primo.
Cristo-Teodorito, sí, me llevaría una tarde a la congregación, a aquella congregación de frailes y jóvenes cas-
tos que él tanto frecuentaba, y en la que se podía jugar a las damas, al fútbol, al ajedrez, al parchís, etc., y además
y sobre todo, leer libros autorizados por la Iglesia, orar varias veces en la tarde y escribir en una revista mensual,
entre piadosa y pedante, que financiaban los congregantes, y que a mí, a pesar de todo, me atraía con su olor acre
de tinta de imprenta, por encima del olor de las velas, los lirios y las flores a María.
Mi acercamiento a la congregación debía ser un último intento para salvarme de la calle, por parte de
Cristo-Teodorito y su familia (en la que por algo había una hija que se quería ir a las misiones). Yo era el infiel
más a mano que tenían y, por otro lado, los frailes debían primar, seguramente, la aportación de nuevos congre-
gantes por parte de los veteranos. Mi familia veía entre escéptica y complacida esta posibilidad que se abría en
mi vida, y CristoTeodorito se limitaba a reír y sonreír, mientras que yo sólo pensaba en la revista, en aquella
revista llena de proverbios evangélicos, sonetos a las cumbres montañosas de la comarca e imágenes religiosas en
offset. Los poetas del Círculo Académico se habían iniciado allí, allí había visto yo publicados sus primeros poe-
mas, y estaba persuadido, pues, de que aquél podía ser el camino para empezar. Me vestí de Cristo-Teodorito lo
mejor que pude (quedaba más alto qué él, más decadente, hubiera dicho yo mismo, de conocer el valor de esta
palabra) y nos fuimos dando un paseo hasta la congregación, que estaba en el barrio universitario, entre los pala-
cios platerescos y escurialenses, cerca de donde celebraban sus reuniones los del Círculo Académico.
Cristo-Teodorito me presentó a un fraile bajo, grueso, joven, que olía a internado y a sopa, que me trató con
mucha confianza y me sobó mucho las manos. Cristo-Teodorito le dijo que yo era un escritor nato (me sorprendió
mucho oírle esto, que nunca me había dicho a mí) y que podía servir a Dios y a la Virgen en la revista. Estuvimos
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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