un rato en el despacho del fraile, con crucifijos y bolas del mundo, y ellos dos se trataban con confianza, hacien-
do chistes de los que me sentía expatriado, mientras veía por la ventana a unos cuantos chicos en camiseta que
jugaban al baloncesto en una cancha polvorienta.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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