La religión era eso: un quitarle el peligro a la vida pretendiendo quitarle el pecado. Un quitar la vida, en real-
idad. La religión presentaba siempre el peligro como pecado y el pecado como peligro, en un pobrísimo juego
dialéctico, de manera que predicaba una moral de la seguridad y el resguardo, con respaldo final en el cielo (como
el respaldo de terciopelo azul de los sillones de algunos de aquellos frailes). Pero aquellos frailes de los sillones
no podían eliminar el encanto de la vida, su llamada, su perfume, y entonces hacían dentro de la congregación,
en los patios y en los salones, una lamentable imitación de la vida, y llegaban a decirnos: «Todo lo que puedas
encontrar por ahí, lo encontrarás también aquí. Pero yo no encontraba allí una acequia para bañarme desnudo,
ni una novia improvisada y deparada por Miguel San Julián, ni unos poetas eróticos y sentimentales como los
que compraba a la puerta del mercado o encontraba en la habitación azul. El afán de rodear la vida de seguri-
dades, de vallas, para que nadie se pierda ni se ausente, lleva al zócalo final del cielo, que es también como una
red azul para salvarse de la caída en la muerte.
Y siempre la sonrisa de los frailes, el vuelo de sus hábitos, la humildad sonrosada de sus pies, el olor a sopa,
la pulcritud de los congregantes, la corrección en el juego, las preguntas por el papá y la mamá, las insignias, los
cuadros de honor y los torneos de algo en la cancha grande, con calor de cal, ahogo de pared, clima de polvo,
refriega de hombres y sólo hombres, risas y gritos, confinamiento y castidad. Y una vez al mes, la revista, en la
que, a pesar de todo, me habría fascinado publicar unos versos, una prosa, algo.
El fraile que nos había atendido el primer día, a Cristo-Teodorito y a mí, era el padre Valiño, y una tarde entré
en su despacho lleno de crucifijos y bolas del mundo (que por lo visto era también la redacción de la revista) y le
dejé sobre la mesa un poema.
-Por si vale -dije.
-Siéntate, siéntate.
(Estaba arreglando un rosario cuyas cuentas se habían soltado.)
-Verso libre... -dijo, con admiración irónica, al leer mi poema.
-Son alejandrinos y heptasílabos blancos -dije con voz sosa.
-Bueno, verso blanco, verso libre. ¿Y la rima?
-No es verso libre. Está medido. Es verso blanco.
(Todo esto lo había aprendido yo muy bien, de oídas, en el Círculo Académico.)
-Ay, los jóvenes poetas os estáis olvidando de la rima. ¿Sabes que la rima le agrada a la Virgen? Todo rima en
la Obra del Creador.
Dijo obra y creador con mayúsculas. Me halagó que me incluyera entre los «jóvenes poetas» que nos
estábamos olvidando de la rima. Me halagó aquel plural, pero la entrevista ya no me interesaba nada porque, evi-
dentemente, el padre Valiño, que era el director de la revista de la congregación, no conocía la diferencia entre
verso libre y verso blanco. Mi poema lo había escrito yo con una caligrafía complicada, modernista (cincuenta
años después del modernismo) y luego lo había pasado a máquina en una de mis academias nocturnas. El padre
Valiño tenía entre sus manos gruesas y satisfechas, manos de arreglar rosarios, la versión mecanografiada del
poema.
-Luego, hay como un cierto sensualismo en esta obrita. Cómo diría yo. Es algo terriblemente mundano.
Y me miró con picardía, casi como una muchacha. Aquello no era una «obrita». Era un poema, y nunca se
me había ocurrido que se le pudiese llamar obrita. Unos cuantos chicos en camiseta se entrenaban en el patio,
como siempre, y yo los veía por la ventana. El entrenador de la melena estaba sentado en unas barras de hierro,
con un suéter deportivo fumando y observándoles.
-¿Lees mucho?
-Todo lo que puedo.
-¿Lees el Evangelio?
Dudé.
-Lo he leído.
-Hay que leerlo siempre. Es el poema más hermoso.
Había dejado a un lado mi papel y se afanaba otra vez en restaurar el rosario. A veces se ponía la crucecita
entre los dientes, con confianza, esperando engarzarla en su sitio. Tenía unos dientes menudos y como sin acabar
de crecer.
-Entonces, me lo llevo... -dije.
Tardó un momento en recordar el poema y por fin lo miró de lado.
-No, déjamelo, tengo que estudiarlo. ¿Por qué no vuelves a la rima?
No podía volver a la rima, puesto que nunca había rimado. Pero quizá el padre Valiño no se refería a mí, sino
a la poesía en general. De modo que comprendí esto a tiempo y no le dije que nunca había rimado.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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