-Prueba de hacerle algo a la Virgen. Ella se merece todos los poemas. Algo para el mes de mayo. Esto me
parece demasiado moderno, demasiado ¿cómo se dice ahora? Surrealista. Eso es. Surrealista. Cosa del demonio.
Pero yo sabía muy bien que estaba envenenado de modernismo, pues los poetas modernistas habían caído en
mis manos, en viejos libros de los tenderetes callejeros, o en las sombrías y conservadas ediciones de la habitación
azul. Mi poema era modernista, para desgracia mía, y si algo me dolía de él era eso: su antigüedad, su vejez. Pero
el padre Valiño lo encontraba demasiado moderno. Surrealista. Ni él ni yo sabíamos que el surrealismo era ya,
también y desde hacía muchos años, una cosa histórica. Con lo de surrealista había querido decir que no se
entendía nada. Me despidió cogiéndome mucho las manos, como siempre, y dándome golpes en la espalda como
con una pelota amistosa, que era su diestra. Salí de allí convencido de que el poema no se publicaría nunca en la
revista de la congregación, por sensual y surrealista, y recordé con alivio que tenía en casa el original manuscrito.
Los del entrenamiento volvían del patio y corrían hacia las duchas llenos de sudor, gritos y violencia.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
27