de ella, no es sino otra manifestación de su esfuerzo por hacerse una personalidad propia, y acuñando esa mujer
se está acuñando a sí mismo de otra forma, vicariamente, por reflejo y con la ayuda, siempre poderosa, del ero-
tismo. Había también una joven cantinera, renegrida y bruja, Jesusita, que perseguía sin éxito a Miguel San
Julián, y estaba, sobre todo, María Antonieta, venida casi de otro barrio, ya, hermosa como las estrellas de cine,
hierática como ellas, fascinante, reina menestral del mercado donde su madre viuda tenía una pescadería.
Estaba también Tati, de la pequeña burguesía acomodada del barrio, hija de un veterinario que viajaba con-
stantemente a los pueblos de la provincia con su citroën cuadrado y resonante, el único que había por allí, ya que
los aristócratas sólo sacaban sus silenciosos automóviles unas cuantas veces al año, para irse de veraneo, o para
ir a misa el día de la gran nevada del invierno, o para traer el viático al moribundo de la familia, o para la boda
de la niña con un diplomático de Madrid. Aquel coche, pues, del veterinario, no tenía ninguna distinción, era un
instrumento de trabajo, como se diría después, pese a lo cual, Tati y sus numerosas hermanas (todas precoces e
impacientes sexuales) se envanecían de aquel citroën y sólo por esto se sentían ya incluidas en la otra escala
social, en la superior, que era la que tenía automóviles, pero la que al mismo tiempo se permitía el supremo lujo
silencioso de no usarlos, mientras que el coche del veterinario olía como a matanza de animal, a todos los bur-
ros y mulas que habían muerto en manos del buen señor, que sin duda entraba con su coche casi hasta la cuadra
del animal agonizante, en la noche angustiosa del pueblo, cuando la muerte de un caballo es tan crispante y des-
oladora como la muerte de un virrey.
Tati era amiga íntima de María Antonieta, y ambas debían ser un poco mayores que el resto de las chicas, o
al menos se vestían como tales, al uso de las artistas de Hollywood, con fruncidos por un lado y estrecheces por
otro. Las dos amigas andaban siempre manoseándose mucho, como hacen algunas muchachas a esa edad.
Pero lo que en Tati era exceso de arreglo, sobranza de afeite, artificiosidad y provocación (nacido todo, sin
duda, en las frecuentes ausencias del padre), en María Antonieta era naturalidad (dentro del envaramiento que
caracterizaba y casi hermanaba a ambas) de modo que la melena lisa le quedaba a María Antonieta como recién
creada, con sus adornos en la frente y su diadema de flores en el pelo, y sus ojos claros, enormes, fijos, parecían
esconder más secreto que el secreto vano de Tati, y su boca grande, pintada ya precozmente, no parecía pintada,
como la de Tati, y, sobre su cuerpo alto y recto, los vestidos de mujer tenían un encanto fresco, pese a lo cine-
matográfico de los modelos, mientras que a Tati todo le quedaba muy de modista, como si hubiera salido a la
calle con el vestido en pruebas, incompleto, recargado e indecente al mismo tiempo. O quizá fuese, sencillamente,
que María Antonieta era mucho más hermosa que Tati, porque María Antonieta tenía unas piernas largas, líric-
as, casi rectas, en tanto que las piernas de Tati me resultaban excesivamente torneadas, con la línea forzada en
un servil afán de la naturaleza por agradar. En todo caso, yo no pensaba nada en Tati (aunque me volviese disc-
retamente a mirarla, por la calle, cuando ella pasaba y me ignoraba, que unas buenas piernas siempre son unas
buenas piernas), mientras que pensaba mucho en María Antonieta, que asimismo me ignoraba un poco o un
mucho durante el día, pues aquellas muchachas que venían por la noche a nuestro lado, sumisas, para cantar, por
la mañana nos ignoraban, como en no sé qué cuentos infantiles: quizá el día, que les traía zapatos altos, turbantes
y pintura, las subía en un trono desde el que nos veían niños, mientras que en la noche, con el calor, la soledad
y la música, afloraba en ellas la niña que eran, y muchas veces estaban a nuestro lado descalzas.
Una noche, jugando a las prendas o a algo así, después de haber cantado, y cuando todavía nuestras canciones
estaban en el cielo estrellado, como guirnaldas, a María Antonieta le tocó besar en la frente al chico de su agra-
do, mientras los chicos permanecíamos con los ojos cerrados, esperando el beso, y yo, que era el único que no lo
esperaba, sentí de pronto que la tiniebla se me llenaba de perfume, un perfume, ya, de mujer, y que algo blando,
fresco, cálido y lento se posaba en mi frente, y me quedé con los ojos cerrados, un minuto más, porque no me
atrevía a abrirlos, porque ella me había besado, porque todo, mientras chicos y chicas reían, y cuando la miré,
cuando miré a María Antonieta, se había ido ya a su sitio, estaba muy seria, pero nada forzada, muy mujer: era
una mujer que había cumplido con su deber y nada más, su deber de elegir hombre, de señalar con su beso de
experta -¿de experta?- al más -tal más qué?-, al que ella, buena conocedora (con autoridad implícita reconocida
tácitamente por todas las demás) encontraba como el mejor.
Me forcé por seguir el juego, por no darle importancia a un beso que me turbaba, por no pensar en ella, o por
no mirarla, ya que no pensaba en otra cosa, y el carmín era fuego en mi frente, y sólo mucho después comprobé,
mirando su boca, que no llevaba carmín, de modo que el fuego era carmín, y no al revés, ya que carmín no había,
y María Antonieta me había marcado con fuego, con un beso intencionado de mujer, que era el primero que
recibía en mi vida, y que todavía (siglos más tarde) me florece en la frente como un pensamiento ardiente y puro.
Cuánta gratitud, que no ha cesado jamás en mi vida de fluir, brotó de aquel beso, de aquella primera mujer
que me decía silenciosamente que sí, que yo era, y me afirmaba, porque un beso es siempre una afirmación de
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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