provinciana entraba en éxtasis con tales verismos y exotismos.
Un viaje alrededor del mercado, pues, podía ser como un viaje alrededor del mundo, y también aquel cos-
mopolitismo me recordaba a mí La vuelta al mundo de un novelista, de don Vicente Blasco Ibáez, reputado
autor de izquierdas, maldito y marcado por los frailes de la congregación, por el padre Valiño y el padre Tagoro,
y de quien yo había gustado asimismo La catedral, Flor de mayo, Luna Benamor y A los pies de Venus, admi-
rando el anticlericalismo encarnizado del primer título, el realismo poético del segundo (por ahí me iba viendo
yo como escritor), el exotismo del tercero y el erotismo del cuarto, que me había abierto un mundo cosmopolita
y perfumado donde los embajadores vivían amancebados con diosas desnudas en las villas de la Costa Azul.
Pero si me llenaban el capacho de repollo y coliflor, había que renunciar a la literatura y a la geografía, a
Blasco Ibáez y a Rimsky-Korsakoff, había que volver a casa tirando de la carga y mirando para ningún sitio, por
no saludar a las vecindonas irónicas, o al barbero que estaba en la puerta de su barbería, sin nada que rapar, arrul-
lando el cáncer que le iba matando y mirándome con odio de canceroso y odio de barbero, ya que yo persistía en
mi melena, entre los héroes adolescentes de los tebeos y los poetas malditos.
Así que cuando, después del beso de María Antonieta, me enviaron por primera vez al mercado, caí en un hor-
ror que no había previsto. Cómo aparecer ante ella, que ayudaba a su madre y a los dependientes por las
mañanas, en la pescadería, como cajera, sin perder su aura de película, con mi bolsa de la compra y mis deudas,
pues la pescadería de María Antonieta era la más cara del mercado, y esto me había librado de acercarme nunca
a ella, de modo que allí no tenía deudas ni era cara conocida, con lo que bendije la miseria de mi familia, la
pobreza y el hambre, que así me habían resguardado de la vergüenza. Pero, de todos modos, habría que pasar por
delante de la enorme pescadería de María Antonieta, y para evitarlo decidí frecuentar solamente una mitad del
mercado, seccioné rigurosamente en dos aquella acumulación de manzanas, como si fuera una sola manzana, y
me quedé con la mitad izquierda, que era la contraria a la pescadería de mi amor.
No me regía ya, dentro de la galaxia confusa y olorienta del mercado, por las leyes de la deuda, la trampa y
el precio, sino por la ley más implacable del amor, a pesar de lo cual siempre temía encontrarme a la chica por
algún sitio, pues a ella, a media mañana, le gustaba darse un paseo por todo el mercado saludando a los otros
tenderos y recibiendo el homenaje macho y vegetal de los hortelanos: haciendo, en fin, un poco de vampirismo
en aquel mundo que era su reino, un reino de frutas, lenguados muertos, corderos como víctimas y comadres
como brujas.
Pero así como en los días de compra me horrorizaba entrar en el mercado (que era mi Infierno, con su Beatriz
dentro), en los días sin obligaciones domésticas me complacía la idea de pasar por allí para verla y también para
que me viese, displicente y con las manos vacías, con el abrigo desabrochado, y que me dijese ¿tú por aquí?, para
responderle yo, ya ves, he pasado por verte, qué iba a hacer yo en este sitio, si no, con un exceso de extrañeza por
el lugar que, por otra parte, puede que me hubiese delatado igualmente. Y el mercado, que había sido el lugar de
mis odios, un mundo blando de fruta podrida y pescado agonizante, se fue transformando así en el lugar de mis
sueños, y las frutas se encendieron como luces, y los pescados se volvieron de plata, y las naranjas de oro, y la
carne era como un tributo sangriento a mi diosa, y todo era una fiesta donde los vegetales perfumaban intensa-
mente, los panes eran panes de oro y los quesos eran eunucos que codiciaban a mi reina, presos en sus vitrinas
de cristal.
Llegué, sí, a pasearme displicentemente por el mercado, sin bolsa ni nada en las manos, ocioso y ligero, con
el abrigo abierto y la cabeza alta, y hasta un panadero, que siempre había sido rudo conmigo por las deudas de
la familia, me gritó al pasar por delante de su panadería: «Eh, señorito ¿no me lleva el pan?». Me irritó aquello,
que era una humillación en mi nuevo estado, pero al mismo tiempo me enorgulleció lo de señorito, y sobre todo
la amabilidad de aquel hombre, que sin duda había visto en mi porte una riqueza nueva, ignorando, en su igno-
rancia de harina, que era la riqueza del amor. De modo que le hice un gesto vago y nobiliario con la mano, le
sonreí como los príncipes sonríen al pueblo y, olvidado de mis afanes vindicativos contra los ricos, los curas y los
mercaderes, asumí las aristocracias a que tenía derecho, por muy lejanas que fuesen en la genealogía, y pasé de
largo, dando a entender a aquel rústico que el pan, su pan, era ya poco para mí, y meditando sobre el poder meta-
morfoseante del amor, que no sólo mueve al sol y a todos los demás astros, como ya viera mi tan leído Alighieri,
sino que también mueve a los panaderos y les hace más amables y respetuosos con los delfines gentiles y endeu-
dados.
Con igual desenvoltura pasé ante la pescadería de María Antonieta, grandiosa como un océano, donde ella
reinaba desde su caja registradora, con un delantal blanco impecable sobre el vestido de Hollywood, y donde la
legión de los dependientes se movía bajo la mirada autoritaria y borracha de la madre de mi amor, una mujer
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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