gruesa, baja, apretada, miope y congestiva, que llevaba en sus manos, por sobre los sabañones del frío y del pesca-
do, grandes anillos, piedras preciosas, como encontradas entre las profundidades marinas de los besugos, y que
eran testimonio de su opulencia de viuda que iba también a los conciertos de la orquesta local, como las mar-
quesas de mi barrio, a deleitarse con el mercado persa de Rimsky-Korsakoff, que debía recordarle el rumor de su
propio mercado, pero se dormía en seguida en la butaca. María Antonieta, desde lo alto de su caja, me sonrió
levemente, gratamente, sin extrañeza de verme allí, sin ademán de pararme, y de pronto comprendí que, a pesar
de todo, la azorada era ella, pues un delfín de la clase de los empleados, y que viene de buena familia desguaza-
da, es casi un aristócrata para las hijas de las pescaderas enriquecidas.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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