No sólo al mercado me enviaba mi familia, sino también a las pequeñas tiendas del barrio, y en aquellas cor-
rerías con la bolsa de la compra me pareció entrever alguna vez a uno de los miembros del Círculo Académico,
el orador de la melena y los dientes apretados, de quien ya sabía yo que se llamaba Darío Álvarez Alonso, y que
pasaba despacio, pero como huido, por calles estrechas con muchas carbonerías. Temí saber la realidad: que
Darío Álvarez Alonso también hacía recados.
Porque podía soportar mi dolor y mi humillación, a los que ya estaba acostumbrado, pero no podía soportar
que uno de mis ídolos literarios se me viniese abajo, porque yo tenía a aquellos poetas y escritores del Círculo
Académico (y en especial a aquél, a Darío Álvarez Alonso), situados en un limbo de luz y versos, de patios y cul-
tura, de claustros tranquilos adonde no llegaban los gritos del mercado ni el metralleo de las máquinas de escribir
de mi oficina, y les imaginaba paseando siempre por aquellos claustros, en un sol tranquilo, sin otra ocupación
que intercambiarse metáforas de los clásicos y ocurrencias propias. Eso era para mí la literatura.
Si Darío Álvarez Alonso también hacía recados, esto suponía que el reino exento de la cultura no estaba en
ninguna parte, que la maldición y la humillación de la vida alcanzaban a todo el mundo, que ser escritor, artista,
poeta, no servía de nada, cuando yo había creído que aquellos seres eran los únicos que no compartían los
dolores, los tediosos líos de familia y los partos de los otros humanos deleznables. Muchas cosas se me venían
abajo, aunque no dejaba de decirme que, si bien Darío Álvarez Alonso quizá hiciese recados, como yo, con un
capacho, él no era, al fin y al cabo, más que un aprendiz de escritor, un aficionado (el más importante y profe-
sionalizado del Círculo, eso sí) pero que en algún sitio, quizá en Madrid, en los hondos y dorados cafés, como
en París, o siempre a la orilla de los mares con diosas, como los modernistas, o en las cumbres de los montes,
como Machado y los poetas castellanos, estaban los escritores, los poetas, viviendo una vida aparte, ociosa e
inteligente, que era la vida literaria, sin abuelas enfermas ni deudas en el mercado.
Sentí más vergüenza, pues, por el capacho de Darío Álvarez Alonso que por el mío propio, me dolió más lo
suyo, me pareció más injusticia de la naturaleza y de la vida, mayor burla del destino, pues al fin y al cabo yo no
era nadie, no era nada, dudaba mucho de pasar algún día, del capacho de la compra y la prensa de la oficina, a
los grandes cafés literarios del mundo, pero estaba claro que Darío Álvarez Alonso era un escritor, tenía cabeza,
traza y voz de escritor, era lo más escritor que yo había visto en mi generación, o en la siguiente, pues Darío
Álvarez Alonso debía llevarme algunos años, y le había imaginado siempre en su casa, por supuesto estaba en
un barrio discreto de la ciudad, con un portal revestido de cierta dignidad, preparándose para ser escritor, leyen-
do y escribiendo en aquellos miradores altos, con sol de la mañana y de la tarde, que eran sus miradores, sin tener
que estudiar una carrera de Leyes, como Cristo-Teodorito, y sin tener que hacer recados. Mas lo que había en la
ciudad, precisamente, eran palomares derruidos, como en el Lazarillo, es decir, casas de buena apariencia que
por dentro habitaban sombras arruinadas, mendigos de oro.
Ocurre, pues, que uno perdona su propio destino, se instala en él, acepta su excepción en la desgracia, su des-
gracia en la excepción, pero cuesta aceptar la desgracia y la mentira de aquello que habíamos creído una zona
exenta e inalcanzable de la vida, el ideal que nos consuela siquiera con su existencia, aunque no tengamos acce-
so a él. La desesperación empieza cuando comprobamos que no hay ideal, que no hay zócalos de luz donde
habiten seres privilegiados, criaturas afortunadas. El hombre es generoso, a pesar de todo, y renuncia a su felici-
dad y a su vida con tal de que le dejen creer que la felicidad existe en algún sitio y para alguien (en el cielo para
los cristianos, en el futuro para los progresistas). Es una forma de salvación individual en la salvación colectiva y
venidera de la humanidad. Lo que se tarda en aceptar, lo que se acepta sólo con la madurez, es que no hay sal-
vación para nadie en ningún sitio, que no hay una franja mágica de vida donde se detiene el tiempo y se es feliz
para siempre (la imagen de esa franja suelen dárnosla algunas nubes estiradas del crepúsculo, «de un incoloro casi
verde», como decían mis poetas modernistas o posmodernistas, pero es claro que esas nubes desaparecen en
seguida, se desvaen, se deslíen, se destrenzan, son mera ilusión óptica). Perdida la infancia, perdida la religión,
mi franja de un incoloro casi verde estaba en la literatura, y ese incoloro casi verde aureolaba la frente de Darío
Álvarez Alonso, por donde yo había conocido que era un predestinado, un elegido, hasta que descubrí que tam-
bién él, como yo, hacía recados. No me habría importado no ser nunca escritor con tal de que se salvase la liter-
atura. Me bastaba, por entonces, saber que ese mundo sosegado y lleno de imágenes existía, y esto me consola-
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