ba hasta resignarme a no acceder a él. Me importaba más la literatura que mi literatura, que eso es ser joven, ado-
lescente, crédulo y puro. Pero la vida, que es impura y, sobre todo, irónica, le hace a uno escritor a costa de car-
garse la literatura, le lleva a un reinar en ese reino sólo por revelarle que está tan podrido, sucio, triste, atormen-
tado y mareado de días como todos los demás. Y, para hacer todo esto más grave, Darío Álvarez Alonso porta-
ba bajo el abrigo un vergonzante capacho muy parecido al mío.
Darío Álvarez Alonso tenía la melena transparente de los que pronto se van a quedar sin pelo, el pelo fosco,
más revuelto que abundante (donde el caos quería suplir la escasez) y tenía los ojos entrecerrados, miopes, con
una miopía sin gafas que quería ser penetración, tenía el rostro como tumefacto, blanco y blando, como la arcil-
la pálida de una cabeza de poeta no acabada de hacer. Tenía, sobre todo, una boca gruesa que hubiese sido sen-
sual de no haber sido amarga, y hablaba, y decía sus discursos del Círculo Académico, con los dientes apretados,
lo cual 1e daba un encanto sibilino a sus palabras y a su risa. Darío Álvarez Alonso vestía siempre (yo diría que
también en verano) un abrigo con rozado cuello de terciopelo, abrigo entallado con algo de levita, abrigo de
escritor, de poeta romántico, maldito, y nunca hubiera imaginado yo un capacho de la compra bajo aquel abri-
go. Le veía, sí, en anocheceres de niebla, tristes de luces tardías y tiendas pobres, por calles pequeñas, pasando
como una sombra lenta y huidiza al mismo tiempo, ya digo (no se precipitaba nunca) y sentía yo más vergüenza
de su vergüenza que de la mía, hasta que una tarde sobrevino el encuentro inevitable, en una carbonería adonde
ambos habíamos acudido a por cinco kilos de carbón.
Fue como si Baudelaire y Lautréamont se encontrasen en una carbonería de París (no sabía yo muy bien quién
de los dos podía ser Baudelaire y quién Lautréamont) y pensé en principio que Darío Álvarez Alonso no me
reconocería, ya que no había sido más que público anónimo en sus actuaciones del Círculo. Darío Álvarez
Alonso podía ignorarme por soberbia o por humillación, porque él era Darío Álvarez Alonso y yo no era nadie,
o bien porque no querría que le reconociese comprando cinco kilos de carbón de encina para el brasero de su
casa, para el gran brasero familiar y dorado (al menos así había que imaginarse el brasero para seguir salvando
algo cuando todo estaba perdido).
Pero esto sólo lo creía yo, el que todo estuviese perdido, porque Darío Álvarez Alonso vino a mí y me saludó
afable, natural, con las mismas maneras que en sus grandes veladas del Círculo Académico (donde no me había
saludado nunca, por otra parte) y ya veía yo nuestras dos figuras de poeta, contra el fondo negro renegro de la
carbonería, como un grabado antiguo de tintas muy empastadas, como me veía niño de tinta en los grabados ret-
rospectivos de Gutenberg. Con sus modales, con su voz susurrada, con el vuelo de su abrigo y el trato a pesar de
todo altivo que daba a la bruja carbonera, Darío Álvarez Alonso convirtió la carbonería en un salón refulgente
de negros, misterioso de minerales, decorado de gatos sucios y de jade, que nos miraban por entre las piernas de
la vendedora, o desde lo alto de los sacos, así que me sentí extrañamente a gusto, tranquilo, honrado por la amis-
tad de Darío Álvarez Alonso, que me había reconocido y me hablaba de literatura y me preguntó mi nombre.
Aquello de ir a comprar cinco kilos de carbón de encina para el brasero resulta que no tenía nada de humillante
para un orador y poeta lírico, y yo me decía que seguramente a Baudelaire también le habría enviado su madre
alguna vez a por carbón, sobre todo cuando se convirtió en madrastra, por su segunda boda con el militar Aupick.
¿Habría conocido Baudelaire la humillación de salir con un capacho, por las calles de París, en el anochecer,
hacia la carbonería? Seguramente sí, aunque esto no lo contaban sus biógrafos, ni lo contaba él, pero cómo ser
sublime sin interrupción entre tanta carbonera y tanta carbonería, cómo serlo yo, cómo serlo Darío Álvarez
Alonso, cómo serlo Baudelaire, que lo había escrito sin que yo lo hubiese leído aún, pero teniéndolo ya adivina-
do, como lo tenía. Darío Álvarez Alonso, baudeleriano, dandy de hacer los recados, le pidió a la carbonera que
nos retuviera los capachos en un rincón, mientras íbamos a hacer «otras gestiones» (a los recados los llamaba ges-
tiones, qué palabra, aquello sí que era sublimizar el recado) y le preguntó asimismo a qué hora cerraba la car-
bonería, para volver a tiempo de recoger nuestros encargos, y consultó su reloj para ver el tiempo libre que
teníamos por delante, y era un reloj de bolsillo que se sacó de dentro del abrigo, un reloj grande, dorado, oscuro,
con cadena, y aquel reloj le redimió y nos redimió a todos de lo lamentable de la situación, y nos fuimos por las
calles, por aquellas calles de tiendas y almacenes, de iglesias y chiquillos, paseando despacio, tomados del brazo,
como se habían tomado siempre los poetas, y entonces sí que me sentí literario, salvado, mientras Darío Álvarez
Alonso me hablaba de su Mística y mecánica de lo erótico, tres esdrújulos que me dejaron deslumbrado y que él
había acertado a engarzar en el título de una conferencia, que sería su próxima disertación en el Círculo
Académico.
-Ala que te ruego que no faltes -me pidió, apretándome levemente el brazo que me llevaba cogido.
«Me gustará saber tu parecer», añadió, y yo no sabía cuál podría ser mi parecer, pues no iba entendiendo nada
de lo que él me explicaba, y sólo se me había quedado el ritmo de aquel título, de aquellos tres esdrújulos enca-
denados, engastados unos en otros, dándose énfasis sucesivos y dándoselo a la frase toda. Mística y mecánica de
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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