lo erótico. Darío Álvarez Alonso habló mucho, siempre en su tono suasorio, sin despegar los dientes, dando por
supuesto que yo sabía cosas que no sabía, y saqué la conclusión de que estaba enterado de muchas más que yo,
o al menos las relacionaba mejor, pues a mí me hubiera sido imposible meter en una conversación improvisada
todas las cosas dispersas que tenía por la cabeza. El sistema. A lo mejor era eso lo que me iba a fallar a mí: el sis-
tema. De modo que volvimos a la carbonería cuando la mujer renegrida de carbón, con un saco por la cabeza,
como una monja extraña y salvaje, se disponía a cerrar la tienda, y nos dimos la mano cortésmente -él incluso se
inclinó un poco-, y, tomando cada uno nuestros cinco kilos de carbón de encina, partimos en direcciones con-
trarias.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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