chocolate férreo y medieval, todo hecho de un duro chocolate de siglos con clavos negros de catedral, enormes,
y el polvo de los tiempos abría sus páginas eruditas ante nosotros, y las ventanas de recios cuarterones se cerra-
ban como libros ya leídos, o se abrían, y entonces caía sobre ellas y sobre lo que tenían de libro ese rayo de luz
mística que cae sobre los libros de los santos, en los viejos grabados, y en aquel clima de museo y sacristía, donde
el perfume mundanísimo de las damas luchaba con los olores severos del pasado, todos sentados ya como para
tomar el té, un té de la Celestina, entre venenoso y delicioso, Darío Álvarez Alonso ocupaba la tribuna, con la
frente de un incoloro casi verde, nimbado y aureolado de juventud e incomprensión, tenso, sonriente con las
damas, sombrío ante la posteridad que le miraba, y, con su voz susurrada, doliente y culta, que yo tanto envidi-
aba, nos leía su Mística y meccíníca de lo erótico.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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