charlatanes, pues ya se sabía que le sobraba el dinero, y acariciaba a los perros, besaba a los niños, aplaudía a los
encantadores de serpientes, e incluso había uno que le dejaba la serpiente, una gruesa y vieja serpiente sin veneno,
y puede que ciega, que se le enroscaba a María Antonieta en los brazos y en el cuello, revistiéndola de un lujo
vivo, de una suntuosidad verde, de unos brillos y colores exóticos que ella acariciaba con su mano de uñas pin-
tadas, como las grandes damas acarician los animales muertos que suelen llevar al cuello en las cenas de los
grandes hoteles, y me sentía yo turista en mi barrio, príncipe de aquellas gentes miserables, cobrizas y gimientes.
Fue una especie de paseo triunfal, nuestro primer paseo de novios, o lo que fuésemos, algo así como mi pre-
sentación en sociedad -en aquella sociedad pustulenta y olorosa-, o la presentación de nuestro noviazgo, de nue-
stro amor, de lo que fuese aquello, que yo no lo sabía ni me lo preguntaba, como haría siempre en la vida, pues
la mejor estrategia, con una mujer y con cualquiera, es no tener estrategia, ir a lo que salga, y la relación con
María Antonieta me desbordaba, me superaba, así que, en parte por inexperiencia y en parte por cinismo yo deja-
ba que pasasen cosas.
Cuando la tribu de los miserables iba recogiendo sus tiendas, flores, animales, ungüentos, tenderetes, loterías,
calderillas, oros falsos y platas malas, cuando en torno del mercado iba quedando un rastro de gallo muerto y ser-
piente enferma, de lechuga pisada y niño orinado, todo recalentándose al sol fijo del mediodía, cuando también
el mercado entornaba sus enormes puertas de hierro rojizo, clausurando el recinto de ladrillo, ilustrado de carte-
les desgarrados, letras enormes y rotas, colores y almagres subversivos, María Antonieta me dijo que la esperase
un poco por allí fuera, paseando, y que luego entrase a buscarla a la tienda. Así lo hice.
Eran demasiadas emociones en un solo día, en una sola mañana. Era sábado, día sin trabajo, sin el oscuro fae-
nar con la máquina copiadora, en el sótano frío y hondo, había aparecido mi nombre en los periódicos, aunque
equivocado, y María Antonieta me quería.
Tres razones demasiado poderosas, tres soles brillando en uno, un sol de tres yemas (como cuando sale un
huevo de dos) y yo no trataba de poner orden en nada, pues no me hubiera sido posible ni tampoco me apetecía,
de modo que paseaba lentamente entre despojos, con el abrigo abierto, recibiendo en el cuerpo la brisa fresca de
la primavera, que me fajaba deliciosamente, sabiendo que la luz y algo más que la luz brillaba en mi melena de
poeta.
Entré en el mercado por las puertas ya entrecerradas, con un candado grande como un corazón férreo de
gigante, con unas cadenas de eslabones rojizos y coherentes, poderosos, a punto de trabarse para cerrar definiti-
vamente, y me dirigí a la pescadería de María Antonieta, donde los mozos habían recogido sobrantes, desperdi-
cios y depósitos en las enormes cajas de madera, entre hielo y sal, mientras la dueña de todo aquello, la madre
de María Antonieta, se tomaba un café con leche y un orujo en el bar del otro lado de la plaza, antes de subir a
casa para darse polvos, colonias, camomilas, ponerse todas sus joyas (al mercado sólo llevaba una pequeña rep-
resentación del joyel) y convertirse en una señora, en la gran señora que era, abonada a los conciertos munici-
pales con derecho a dormir en la butaca.
María Antonieta se quedaba siempre la última en la tienda, haciendo caja, y cuando me acerqué a ella me
dijo, ven aquí, princeso, y me gustó esto de princeso, que era una chulería del mercado más graciosa que príncipe,
y yo veía que todavía quedaban por el mercado, en las tiendas semicerradas, mujeres que limpiaban o barrían,
ojos que miraban, cabezas que nos observaban, pero a María Antonieta no parecía preocuparle nada de esto y
seguía contando y ordenando billetes, unos billetes con escamas, que son los que se ganan vendiendo pescado, y
todo en el mercado -gran marquesina de hierro y sol, de luz y vacío-, olía a animal muerto y soledad, a naranja
picada y ausencia.
-Ven aquí, princeso.
Me metió dentro de la tienda, y desde aquella altura se veía el mercado como desde lo alto de un navío, y todo
olía a mar, a un mar putrefacto, y por un escotillón que había en el suelo bajamos al sótano, temblando en unas
escaleras débiles de madera, y el sótano estaba oscuro, sólo iluminado por la luz del escotillón, y en la penumbra
me parecía adivinar la fosforescencia de los besugos, el olor de su hiel, la fuerza penetrante de la sal y el hielo, y
María Antonieta me acarició la cara y la boca con sus dedos que olían a billetes (llevaba grandes fajos por todos
los bolsillos) y luego me metió las manos en el pelo, y pensé que me lo iba a dejar brillante de escamas, y no sabía
si me importaba y dijo vamos a irnos en seguida porque están cerrando, y me besó en la boca, contra la pared.
Era como si el beso de la frente, el beso de aquella noche, hubiera descendido a la boca, y ahora tenía en la
boca aquel calor y aquel sabor, como los apóstoles de mi historia sagrada, que primero tuvieron la luz en la frente
y luego en los labios, para hablar todas las lenguas.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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