cabalgadas y teléfonos, de amantes y automóviles.
Decía la pedantería juvenil que el cine era el arte de nuestro tiempo, pero el cine sólo era, de momento, el opio
de nuestro tiempo, para la gente derrotada y ociosa que llenaba el local. Y yo estaba allí, durante horas, quieto,
cálido, descansado, haciendo el yoga del cine, que consiste en no pensar ni saber que una hora más tarde hay que
estar en casa ante una cena pobre y una familia lamentable, ante una cama fría y un sueño duro.
El cine, sí, me aportaba un lirismo de melodía y noche deslumbrante, y todas las estrellas me recordaban ya a
María Antonieta, y a los adolescentes que hemos visto mucho cine nos pasa siempre, en el cine interior del pecho,
la película incesante de entonces, la cinta alegre y violenta, el celuloide melancólico con barcos que hacían la trav-
esía del Mississippi, automóviles que se tiroteaban en los muelles de Brooklyn, caballos galopando al son de gui-
tarras enamoradas, en la noche californiana, y besos gigantescos, ampliados, como de lámina de floricultura, en
los primeros planos de la pantalla. Había que ser en la vida decidido como aquellos galanes de hombros cuadra-
dos, y había que tener mujeres fáciles, frías y rubias como la protagonista de la película, pero el local del cine olía
a empleado pobre, a merienda comida en secreto, a familia numerosa que ha ido al cine, a calefacción y abrigo
viejo, de modo que el cine, que lo tiene todo menos el olor, tenía así una densidad de olores en su argumento, y
gracias al cine sabía yo, o descubría por primera vez, el lirismo de las calles nocturnas con lluvia, de los claros de
luna sobre el cadáver de un caballo blanco, de los puertos con niebla donde un hombre y una mujer se encuen-
tran y se besan mientras un lento y sonoro barco trae la noche o se lleva el día.
A veces, me encontraba en el cine a Miguel San Julián, a pesar de todo, o me había llamado él previamente a
la oficina, por teléfono, para ir al cine, y estábamos juntos allí, viendo una película de acción, y nuestra amistad
duraba lo que duraba la película, como el amor de esos novios que no tienen nada que decirse, pues ya ni para
hablar de mujeres me servía Miguel San Julián, una vez que había optado yo por la cultura, lejos de su vitalismo
elemental, y el sentimiento que tenía hacia él era meramente literario, el recuerdo de unos días lejanos y cercanos,
de unos domingos supervalorados por la memoria, en que habíamos sido jóvenes, ingenuos, frescos, puros y
andarines. Pero sólo eso.
En los momentos en que la luz de la pantalla era más clara, cuando la acción de la película se ponía tensa,
miraba yo de reojo el perfil del joven obrero, su pelo casi blanco a la luz blanca del cine, su pupila, sólo veía una,
clara y vacía de penetración, y él sí absorbía la película, la vivía, y toda aquella acción concentrada de la cinta, a
la que asistía quieto en la butaca, tendría que desahogarla luego en el trabajo, en la calle, cantando a gritos o per-
siguiendo muchachas, y así era feliz. Le envidiaba una vez más.
También había el día en que María Antonieta decidía llevarme al cine, o que la llevase yo a ella -venía a ser
lo mismo-, y al principio esto creó dificultades, porque María Antonieta quería ir a cines más caros que los que
yo frecuentaba y, por otra parte, solía hacerlo con una frecuencia que a mí no me estaba permitida, que no le esta-
ba permitida a un traficador clandestino de carbón de cinco en cinco kilos.
Pero María Antonieta, que indudablemente estaba curtida en hombres, comprendió pronto todo esto y el cine
lo pagaba ella, cosa que a mí me parecía muy bien, de un satanismo ejemplar, pues sabía que ni Cristo-Teodorito
ni nadie de la congregación, ni siquiera del Círculo Académico, había consentido que le pagase ni el cine ni nada
una mujer. Además, María Antonieta se iba cansando de exhibirme, y esto no quiere decir que se hubiera cansa-
do de mí, sino que yo ya había causado la sensación que tenía que causar -probablemente ninguna- entre los que
la admiraban o criticaban de lejos y de cerca, de modo que la ternura y la intimidad iban pudiendo más que el
exhibicionismo, y ya no me llevaba tanto a aquellos cines de estreno donde podíamos ser un espectáculo como
pareja, no sé si por lo ajustado o desajustado de los tipos, respecto uno del otro, sino que prefería aquellos cines
de barrio, íntimos, pobres, oscuros, cines de media tarde, casi clandestinos, de sesión continua y programa doble,
donde en seguida se olvidaba de la película para vivir conmigo un amor apasionado, de butaca a butaca, un amor
de besos cinematográficos y caricias que eran como el ensayo general, la prefiguración y el reflejo de lo que podía
hacer aquella criatura con un caballero desnudo.
Y, del mismo modo que cambió los cines brillantes y céntricos por cines sórdidos y obreros, cambió en parte
su ropa para salir conmigo, y se vestía de una manera más sencilla, más grata, con lanas oscuras e incluso con
medias por la rodilla, a veces, pues no sé por qué había decidido vivir aquel amor, no en vamp, que era lo suyo,
su precocidad, sino en colegiala enamorada.
Yo la prefería así, pero me cuidaba mucho de decirle nada, pues el solo hecho de que yo hubiese reparado en
su voluntario empobrecimiento podía hacerla volver a los resplandores (así funcionan algunas mujeres). Claro
que llegaba el domingo y a pesar de todo volvía a haber resplandores, María Antonieta refulgía de brillos, sedas,
joyas, colirios, diademas y uñas lacadas, y junto a ella yo me sentía oscurecido con mi ropa de empleado modesto,
de poeta pobre, de hijo de familia que va al caos. Pero llegué a compensar todo esto, en un gesto de osadía dan-
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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