tida en dos mitades, una blanca y la otra cobriza, y qué sentido tenían las reuniones del Círculo Académico, de
la Casa de Quevedo, las salves de la congregación y los estrenos donde yo lucía mis guantes amarillos, al lado de
María Antonieta, mientras a tres kilómetros de todo aquello había otra cultura, otro siglo, otra raza durmiendo
entre hogueras y comiendo las sobras de los mercados. No era sólo la injusticia social: era también la crítica de
nuestra vida que implicaba aquella otra vida, el cómo nos ponían en cuestión los gitanos, con sus piojos y sus
mulas, ya que nuestro mundo, hecho de rotaciones y vocabulario, hecho de helados de fresa y bailes iluminados,
no era todo el mundo, y la redondez del planeta, la armonía de las esferas y la coherencia de las palabras qued-
aban entre paréntesis con sólo pensar que muy cerca teníamos a los hombres oscuros que se regían por otros ritos,
otras imágenes y otra forma de hacer el amor.
No éramos el centro del mundo, pues, no lo era nuestra pequeña ciudad compacta de teatros y cafés, de con-
sistorios y conventos, y esto mismo podía pensarse de toda la cultura occidental, de toda Europa (la Europa,
como decía Darío Álvarez Alonso con fascinación, en sus disertaciones) puesto que de una ojeada podía verse,
en los globos del mundo del padre Valiño, que Europa estaba rodeada de mares glaciales, de continentes extraños
y de religiones remotas.
Estas consideraciones empequeñecían mi cultura, me hacían dudar de mis versos, que yo hubiera querido
henchidos de viento universal, como todo poeta joven o viejo, pero que sólo eran unos signos convencionales para
entendidos con una copa en la mano. Con sólo dar un paseo hacia el norte, saliendo de la ciudad, el universalis-
mo de mis versos, e incluso el universalismo de las disertaciones de Darío Álvarez Alonso dejaba de tener senti-
do. ¿Cómo leerles todo aquello a los gitanos? La cultura es un valor universal sólo en la medida en que enten-
demos el universo como un valor cultural. En cuanto topamos con el universo real o con los gitanos de las
afueras, la cultura pierde, no sólo universalidad, sino sentido. Pero la cercanía del cielo, la violencia del viento,
los excesos del espacio y el panorama de mi vida, con el campo pobre y sabido a mis pies, y la ciudad al fondo,
me exaltaban líricamente, inevitablemente, y recordaba ese momento en que todo gran escritor se ha subido a
una montaña -Nietzsche, Unamuno, Machado-, para mirar desde allí el mundo, para superar el planeta e inter-
rogar al cielo.
Yo, al cielo no tenía nada que preguntarle, y ese gesto de los escritores en las cumbres me había parecido siem-
pre un gesto de lámina, de una grandiosidad convencional, pero no podía evitar, en aquellas tardes del monte,
después de haber bebido agua en una fuente popular -un agua fresca de tierra y templada de sol, como dos chor-
ros trenzados en uno-, la invasión lírica y la impaciencia por bajar a las calles y meterme en un café a poner todas
aquellas imágenes en verso.
Así se iba pasando la tarde, como si alguien retirase inmensas sábanas del campo, y los pájaros estaban a la
altura de mis ojos, no tenía que levantar la cabeza para verlos, y eran unos pájaros lentos, sosegados, de vuelo
como muy meditado, que iban abriendo la circunferencia del tiempo, mientras la noche se levantaba por el este
como un espectáculo sombrío, envolviendo a la ciudad en un auto sacramental de la luz.
Monte abajo, volvía lentamente a la ciudad, transfigurado de vientos, sintiendo que aquellas excursiones soli-
tarias eran muy de poeta, y a medida que me acercaba a las calles, a las luces, algo acogedor, cálido y grato, un
poco nauseabundo, me iba envolviendo, de modo que ya estaba otra vez en lo mío, y adivinaba la tibieza de los
cafés y las luces de las plazas, pero adivinaba también la cercanía del hogar y del trabajo. Entraba en la ciudad
por calles estrechas, enlaberintadas de conventos, a la hora en que oscuros racimos de mujeres enlutadas regresa-
ban de la iglesia a casa, trayendo en las manos un poco de tomillo o alguna flor de los altares que perfumaba al
pasar. Dejaban de oírse las campanas y empezaban a escucharse los relojes de las torres, y en los rincones había
parejas de sombra, como en mayor clandestinidad y delito de los que en realidad cometían, y pasaban perros,
esos perros insomnes que se ve que no van a dormir en toda la noche.
Llegaba a la plaza y entraba en el café de más luz, aquel café con tratantes y bailarinas, como queriendo reco-
brar de golpe toda la ciudad, mi aura de poeta cosmopolita, urbano, pero la montaña seguía dentro de mí, ligera,
honda, oscura, y de vez en cuando me acordaba de aquella tarde, que había sido una tarde lírica, sola, una tarde
impar que no parecía de mi vida. Y llevaba dentro las voces del campo, esas voces que llaman a alguien, muy
lejos y muy lentamente, y los ladridos de perros que sólo pueden venir del cielo, todo lo que en el campo había
oído sin oírlo, y que ahora me enriquecía secretamente. Pero tratar de ponerlo en verso era convencional y pre-
maturo. Estaba ya jugando a poeta, estaba falseándome, estropeando lo que de cierto y puro pudiera haber en
aquella excursión. De modo que tomaba mi café con leche, sentado en uno de los divanes rojos y pajizos, entre
tratantes de ganado, estudiantes golfos y viejas meretrices, mirando a las bailarinas en su alto tablado, aquel
revuelo de tela pobre y muslos feroces, aquella fiesta barata de flamenco cansado y bragas rojas. Había sido un
día intenso, sentía que mi vida era intensa por cómo el empleado de por la mañana se había metamorfoseado en
Nietzsche-Unamuno a la tarde, sobre una cumbre, y volvía a ser ahora un poeta maldito, un Baudelaire de café
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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