con leche, quizá incluso con mis guantes amarillos sobre el mármol marcado del velador, como la melena verde
de Baudelaire o el paraguas rojo de Azorín.
Había sido muchos hombres en un día, demasiados hombres, y retardaba el momento de volver a casa a
dormir, aunque tenía que madrugar, y me preguntaba si estaba representando una comedia, si algo de todo aque-
llo era verdad o lo iba a ser algún día, y llevaba en el fondo esa duda radical y vaga que es la duda sobre uno
mismo, sobre la propia sinceridad, el no saber si uno se está engañando voluntariamente, ese final falaz y triste
que hay dentro de uno.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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