que van teniendo. Me aburría hablar de dinero, y temía que me dijese lo de la pescadería -pues estaba en el aire
que mi empleo era ridículo-,pero no lo temía por dignidad, sino porque me llenaba de un envilecimiento
mediocre, nada grandioso, el estar hablando de aquellas cosas, y no sabía cómo explicarle a la hija de la pescadera
que hay que ser sublime sin interrupción, entre otras cosas porque yo mismo no había llegado aún a plantearme
lúcidamente que hubiese que ser sublime sin interrupción, como lo era mi primo, por ejemplo, agarrado a su laúd
en la habitación azul.
-Es igual -dijo-. Te quiero.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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