Cristo-Teodorito me mostraba el mundo, que lucía en sus ojos nobles, y parecía como si la hermosura del mundo
nos obligase a pagar un tributo por disfrutarla: el tributo era no disfrutarla. Religión de esclavos, dijo el otro. Y
de ciegos, se le olvidó añadir, repito, porque adonde Cristo-Teodorito quería llevarme era a los ejercicios espiri-
tuales para ciegos.
-¿Los ejercicios de los ciegos? -dije, ahora ya asombrado, más que irónico.
-Son los más edificantes.
(Era inevitable que lo dijese.)
-Pronto voy a ser miope -dije con más tristeza que ironía, porque los ojos se me cansaban mucho leyendo-,
pero me parece prematuro que me lleves con los ciegos.
A pesar de todo me llevó. Pensé, de pronto, que aquello podía ser una experiencia. (Hay una edad en que todo
se considera que son experiencias: el adolescente cree que está experimentando, y lo que está es, sencillamente,
viviendo.) El padre Tagoro era el orador sagrado de aquellos años, el hombre que salvaba almas en racimos gra-
cias a su verbo violento, que oscilaba entre la metáfora y el insulto. El padre Tagoro tenía el perfil apretado (un
poco como el de Dante, pero sin nobleza) y hablaba profundo, escondiendo los ojos debajo de las cejas, y pasa-
ba de la increpación nerviosa a la descripción solemne, y dejaba a las familias contritas, metidos unos contra
otros, dándose calor y valor para seguir juntos hasta ser rescatados en bloque por una nube del cielo o condena-
dos en bloque -juntos por lo menos- dentro de una caldera del infierno, que yo seguía viendo, a pesar de todo,
como las grandes calderas de la calefacción que había en el sótano de mi oficina, casi siempre apagadas por
escasez de carbón (era época de escaseces) como debían estarlo las del infierno, quizá por escasez de parroquia,
como cuando en el cabaret no llegan a encender los grandes luminosos, y sólo las lámparas de mesa, porque ha
flojeado el personal. Así que en el anochecer morado y neblinoso, cuando yo salía de la oficina, me encaminaba
hacia la calle estrecha y larga donde estaba la iglesia, allá por el barrio universitario, donde el padre Tagoro daba
sus ejercicios espirituales para ciegos, que eran los más edificantes y, por otra parte, la única tanda que le queda-
ba ya por dar en aquella cuaresma. Resultaba que yo, que tanto había pecado e iba a pecar con la vista, por las
malas lecturas y las muchas mujeres que había albergado y seguiría albergando en la retina, iba a salvarme y
ganar el cielo con una manada de ciegos.
Los ciegos llegaban presurosos y en oscuros enjambres, guiándose unos a otros, por todas las callejuelas ady-
acentes, con el ruido de sus bastones y el murmullo de su conversación incesante. Eran ciegos pobres, callejeros,
astrosos, o ciegos jóvenes, muy peinados por su familia antes de enviarles a los ejercicios, ciegos de ojos en blan-
co y bastón inquieto, ciegos de párpados cerrados y manos extendidas por delante, ciegos de cabeza caída y
acompañante piadoso, ciegos de pasarles la calle y grandes ciegos millonarios a los que traían en largos
automóviles negros con chófer, porque no hay una democracia de la ceguera, y había ciegos niños que me llen-
aban de estremecimiento y ciegos viejos que empujaban con odio a la gente de las aceras, usando los codos donde
no podían usar los ojos. Ciegos con todo el blanco de la noche en sus globos oculares sin luz, ciegos con la boca
anhelante, como si viesen por ella, pues cada ciego ve por otro sentido, en pura sinestesia, más dramática que líri-
ca, y se advertía en seguida el ciego que veía con la frente alta y sensible, el que veía con la barbilla avanzada y
voluntariosa, el que veía con las manos finas y extendidas, el que veía con el bastón o con los pies y también ese
ciego, rebujón de ceguera, que no veía absolutamente nada y se dejaba llevar por la corriente, dormido dentro de
su ceguedad. O sea que yo estaba allí, llevado por el oleaje ciego de los ciegos, para purgar mi pecado (el claro
pecado de vino y nata que era el cuerpo de María Antonieta) en la gran expiación de los ciegos.
Cristo-Teodorito me esperaba todas las tardes a la puerta de la iglesia, alta su cabeza alta, viéndome venir por
sobre la marea de ciegos y acompañantes de ciegos, como del otro lado ya de la vida, quizá en el sábado anteri-
or al Juicio Final (que hay que suponer que será en domingo) viendo con alegría que su amigo y su doble malo,
negro, se había salvado y venía entre los .justos, ciego de pecado entre los ciegos que veían con los ojos de la
Gracia, dándome ya por liberto en el cielo gracias a aquel gesto de acudir a los ejercicios espirituales. Su celo me
inspiraba ironía y respeto, de modo que procuraba cumplir. Y una de aquellas tardes, al entrar en la iglesia, cerca
de la gran pila de agua bendita (hermosa pila románica, traída desde otro sitio, sin duda, desde una fuerte y pétrea
catedral de la Edad Media, a aquella capillita churrigueresca y rococó, como un mamut vivo en una tienda de
elefantes de peluche), creí ver en la penumbra el rostro bonancible y redondeado del padre Valiño, cuyos ojos
reían con complicidad a Cristo-Teodorito, por la oveja salvada que debía ser yo.
Los ciegos acudían allí emocionados y premiosos como si por fin fueran a ver, y efectivamente veían, gracias
a la retórica del padre Tagoro y a la magia del ambiente, veían un infierno llameante y luego un cielo azul, una
sucesión de rojos y azules que para ellos -ignorantes quizá de lo que era el rojo o el azul-,debía ser toda una cos-
movisión, una fiesta de colores como las que disfrutábamos María Antonieta y yo, en el cine de los domingos,
con las primeras películas cromatizadas que iban llegando al país y a nuestra ciudad.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
52