El predicador les llenaba de terrores, a los ciegos, cuyos pecados están absueltos siempre por la ceguera, por
la tiniebla inocente en que los cometen, por la luz blanca en que viven, y les añadía infierno a ceguera, para luego
hacerles ver el cielo como una bahía un poco pálida y sin oleaje. Los ciegos creían que iban allí a salvarse -bien
salvados estaban, y bien perdidos, como todos-, pero realmente iban a ver, porque el padre Tagoro, con su pal-
abra de oro pasado, que a ellos debía parecerles oro puro, en su doble ignorancia de pobres y de ciegos, en efec-
to les hacía ver, y me decía yo que aquello era la única e insospechada fiesta y obra de caridad que se estaba
cumpliendo en los ejercicios: la orgía de colores y palabras que el padre Tagoro conseguía meterles en la cabeza
a los invidentes, y que tardaría en extinguírseles, allá en la soledad de sus hogares. Cualquiera de ellos habría
preferido condenarse y ver el infierno a vivir ciego y no ver a los niños de su casa. Pero desde el segundo día de
los ejercicios decidí acudir a la iglesia con mis guantes amarillos, que dejaron a Cristo-Teodorito desconcertado
y silencioso, apenado por la ironía, desengañado, e incluso me sugirió que no volviera por allí, si veía que aque-
llo «no me edificaba», pero le repuse que no, que, por el contrario, me estaba gustando mucho (lo cual sin duda
fue peor), y efectivamente me divertía estar allí, entre la multitud oliente de los ciegos (los ciegos huelen) con mi
lirio amarillo entre las manos, con mi trino de mundanidad, con mi canario de ante suave y viejo, como un mudo
y discreto grito, como una sonrisa, como un breve, mundano y silencioso escándalo.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
53