al que tanto había visto yo actuar en las reuniones del Círculo Académico.
-¿El del Círculo Académico? -dije.
-Hace unos sonetos anacreónticos muy considerables -me explicó Darío Álvarez Alonso.
Darío Álvarez Alonso aplicaba esto de «muy considerable» a todo lo que le parecía digno de elogio, o de un
cumplido ocasional, y era una frase bien medida, porque lo de considerable no decía gran cosa, pero el muy lo
reforzaba, de modo que un término quedaba contenido por el otro, y el elogio resultaba frenado, pero eficiente.
Darío Álvarez Alonso, mi maestro, estaba haciendo vida literaria, y yo debía acompañarle, y caí de pronto en
la cuenta de esa solidaridad de los grandes, como cuando los del noventa y ocho se visitaban unos a otros y se
trataban de usted, y se escribían cartas de suma cortesía. Había, pues, que hacer vida literaria, y perder una tarde
en visitar a otro joven poeta que estaba en el seminario de la Facultad de Letras haciendo sonetos anacreónticos
(que no sabía yo muy bien qué cosa pudieran ser). La literatura, pues, era como una masonería, como una secta
inocente, el mundo que yo había entrevisto en un principio, un mundo donde todos prestaban solicitud a todos.
Paseamos los jardines universitarios, tranquilos, soleados, huyendo de las calles llenas de droguerías y afiladores,
y gozamos de aquellos ámbitos de cultura donde todo parecía como más ordenado e inteligente. Entramos en la
vieja Universidad, donde yo experimenté una vez más, como cada vez que entraba, el vacío abrumador de no ser
hijo de aquella casa, de no ser universitario, beato todavía de estas cosas y fervoroso de aquel mundo que imag-
inaba como un culto minué de catedráticos y estudiantes, donde el saber pasaba de unos a otros delicadamente,
como ese pañuelo que se pasaban los antiguos en los bailes versallescos. Más tarde descubriría que aquello no era
sino un caserón burocrático donde se faenaba con la cultura como Jesusita faenaba con sus pellejos de vino en la
vinatería. Era más noble, incluso, lo de Miguel San Julián, abrillantando motores a la orilla de la vía, a primera
hora de la mañana, con su lima como de cristal.
Al final de largos pasillos que olían a asignatura muerta y a colilla, bajando y subiendo escaleras breves de
madera, entre penumbra y respiración de bibliotecas, llegamos al seminario de Letras, que era una habitación
grande, prestigiada por la oscuridad, llena de muebles y de libros, y con un flexo encendido al fondo, sobre una
mesa, sobre la cabeza pequeña y aplicada de Víctor Inmaculado, que leía en un grueso libro, de páginas muy
blancas, y tomaba notas. Víctor Inmaculado se puso en pie y vino a saludarnos, pero no encendió ninguna otra
luz, de modo que estuvimos los tres de pie, como sumergidos al revés en las aguas frescas de la penumbra, con
los cuerpos iluminados por la luz del flexo y las cabezas casi invisibles en la sombra. Víctor Inmaculado me
saludó cordial y sin conocerme, y entre los dos me explicaron que Víctor Inmaculado se pasaba allí ocho horas
diarias (aparte de los estudios y las clases de la mañana), de dos de la tarde a diez de la noche, preparando su
tesis o su tesina o sus oposiciones o lo que fuere. De modo que aquello era la literatura, la cultura, y para hacer
sonetos anacreónticos había que consumir ocho horas diarias de estudio, durante años y años, que eran los que
llevaba Víctor Inmaculado con tal disciplina. Y pensé que yo era un paria, un piernas, y que nunca podría llegar
uno a escribir nada que lo valiese ignorando aquellos miles de libros, no haciéndoles segregar todas aquellas notas
menudas que Víctor Inmaculado tenía sobre la mesa, en torno a un vaso de agua.
Y yo que creía saber ya cosas, algunas cosas. Yo no sabía más que cuatro chismes literarios, cuatro poemas
aprendidos en la habitación azul y la Mística y mecánica de lo erótico, de Darío Álvarez Alonso, al que se la
había oído ya tantas veces. ¿Y Darío Álvarez Alonso? Bueno, él leía muchas horas en su casa, sin duda tenía una
gran biblioteca heredada (aunque nunca me había invitado a visitarla) y era evidente que transportaba una cul-
tura transeúnte. Por otra parte, no parecía impresionarle nada aquel santuario del saber de Víctor Inmaculado,
como si todos aquellos farallones de libros él ya los tuviese leídos y superados. «No se te ve ahora por la congre-
gación,» me dijo de pronto Víctor Inmaculado.
De modo que sí me conocía. No me recordaba del Círculo Académico, sino de la congregación, y temía que
él hubiera sido el encargado de leer y rechazar mi poema «sensual y surrealista» en la revista mensual. Por eso
no le hablé de aquello para nada.
-Sí, ahora voy menos -dije vagamente.
Pero Darío Álvarez Alonso le estaba ya instando a Víctor Inmaculado a que nos leyese uno de sus últimos
sonetos anacreónticos, y Víctor Inmaculado hizo una sonrisa como de que aquello no tenía ninguna importan-
cia, una sonrisa buena y ruborosa, y cuando sacó los poemas de un cajón se vio que sí, que tenía muchísima
importancia, mucha más que los grandes libros de la oposición y la tesis y el doctorado y todo aquello, pero esta-
ba claro que Víctor Inmaculado no iba a ser nunca el poeta desgarrado y callejero, el poeta maldito y baudeleri-
ano, sino que iba a vivir siempre atendido, prudentemente, a su cátedra, su seminario o lo que fuese, seguro y
defendido en aquella penumbra, con toda la cultura clásica iluminada por la luz del flexo. Nos sentamos en la
sombra y él nos leyó algunos poemas, pocos, sentado otra vez en la luz, y se me quedó aquello de «como una
sombra que de tu vuelo cae», y me gustó, pero en seguida guardó él sus poemas, que habían sido una licencia
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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