(una licencia poética exactamente) y volvió a reordenar sus notas, con lo que el perorar esdrújulo de Darío
Álvarez Alonso quedó un poco desfalleciente y nos despedimos. Yo salía de allí perdido, lleno de dudas, como
siempre, sin saber si había que ser poeta de biblioteca y seminario o poeta de los cafés con bailarinas.
En todo caso, no me cabía optar. Yo sólo tenía la calle. O la pescadería de María Antonieta, me dije con ironía,
pero sin alegría. Por otra parte, Víctor Inmaculado era un tipo de la congregación, cosa en la que yo no había
reparado, antes, y eso sí que no. Ya en la calle, Darío Álvarez Alonso me hizo el resumen de la visita:
-Tiene talento, es estudioso. Hará cosas por la vía académica. Su poesía brota de la cultura, no de la vida, ya
sabes.
Y se fue, dejándome en la duda de si aquello era bueno o malo. Quizá se le hacía tarde para ir a por el car-
bón. Yo llevaba mis guantes amarillos en el bolsillo, pero no me atrevía a sacarlos. Casi me dieron ganas de arro-
jarlos a una papelera. Yo estaba haciendo el fantoche del poeta pobre, por las calles, mientras otros estudiaban
de firme, calientes y en silencio, para hacer sonetos anacreónticos, que yo ni sabía lo que era eso. Anduve perdi-
do por las calles, como en los peores atardeceres.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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