habían visto que la vida es un desgarrón sangriento, que la vida es un potro en celo o una cerda que chilla de
dolor y de placer.
Tati y sus hermanas no habían podido llevar hasta los ojos el velo oriental e invisible que llevaban las otras
niñas del barrio, el velo de castidad, ignorancia, convento y pureza que llevaban las otras colegialas. Tati sabía
que la mujer y la yegua reciben en la noche el relincho salvaje del garañn mortal, Tati sabía lo que en el hom-
bre hay de potro nocturno y violento, Tati había despertado en Cristo-Teodorito a aquel potro que dormía encan-
tado en figura de congregante.
Pero ¿y Cristo-Teodorito? Cristo-Teodorito, joven y saludable, vivía recaudando su energía y su sexualidad
para el futuro, para el matrimonio, para después de la carrera y las oposiciones, como miles, como millones de
chicos de nuestra edad, en quienes la abstinencia (mal remediada por la masturbación) no es sino consecuencia
de la imposibilidad, más que de la voluntad. Cristo-Teodorito, ensoberbecido en su bien absoluto (había que
hablar de la soberbia de los buenos, para replicar a los buenos, que hablaban de la soberbia de los intelectuales),
había tenido la tentación y la oportunidad del mal absoluto, pues el gran peligro que se corre estando tan alto es
que sólo se desea caer a lo más bajo. Cuanto más acrisolada es la virtud, más fastuosa es la tentación. El pecador
mediocre sólo tiene tentaciones mediocres.
Y, quizá, la ley secreta del mimetismo -mi idilio con María Antonieta- había sido el resorte final que llevó a
mi amigo a enamorarse de la hija del veterinario. Porque del mismo modo que el vencedor acaba adoptando los
usos del vencido, el inquisidor acaba adoptando los usos del condenado y el confesor los vicios del confesado.
Cristo-Teodorito, tras asistir con escándalo a mis amores con la pescadera, tras intentar redimirlos con su espa-
da de fuego y plata, tras la catarsis de los ejercicios espirituales y los ciegos, estaba fascinado, sin saberlo, por la
profundidad de mi mal (como el médico que se fascina científicamente, aunque como profesional y como hom-
bre se duela, de los progresos de una enfermedad mortal en el enfermo, enfermedad que parece avanzar regida
por una inteligencia del mal, como la salud parece regida por una inteligencia del bien). Yo había resistido a la
prueba de los ejercicios espirituales, del padre Tagoro y su verbo, de los ciegos y su tropel esperanzado, siempre
con mis guantes amarillos en la mano, como un lirio gualda de frivolidad, yo era un enfermo incurable, y quizá
lo absoluto de mi mal había fascinado a Cristo-Teodorito, sin que ni él ni yo lo supiéramos, porque hay que
suponer que el que salva a un pecador, en el fondo se decepciona, aunque ambos estén alegres, pues indudable-
mente el mal es más fascinante que el bien. El pecador, antes de salvado, tenía más interés.
Sobre todo esto llegué yo incluso a escribir un pequeño estudio o ensayo psicológico, en el velador del café
cantante, tratando de aclarar aquel amor violento e inesperado que tenía alborotado al barrio, y tratando, sobre
todo, de demostrarme a mí mismo que era capaz de hacer psicologismo como los novelistas franceses que empez-
aba a leer, y como algunos españoles, sin saber que el psicologismo empezaba a estar pasado.
El portal de mi casa, grande, hondo, orlado con pinturas en las paredes y en el techo, era algo así como la
Capilla Sixtina del barrio, uno de aquellos portales artísticos que se hacían en el fin del siglo, con una cancela de
colores al fondo que prestaba magia al patio con gallinero que había detrás.
Pero la casa estaba medio en ruina, y si el Ayuntamiento no la había declarado ya ruinosa, debía ser más por
la intercesión burocrática del padre de Cristo-Teodorito (al que habían acudido los vecinos en comisión) que por
la firmeza de las mamposterías. En uno de los pisos habían asesinado a un canónigo, cuando la revolución, y los
vecinos con posibilidades iban huyendo hacia otros hogares que, si no eran la Capilla Sixtina, eran al menos más
confortables y seguros. La portera había quedado varada para siempre en su sillón de mimbre, porque el corazón
le había crecido excesivamente dentro del pecho, y la tenía inmóvil, moviendo levemente con una mano hincha-
da el visillo de su casa-portería para ver con ojos ciegos a los que subían y bajaban las escaleras. Mi familia era
una de las pocas que seguían allí, hasta morir con la casa o sepultados todos por ella, de modo que en aquel por-
tal abandonado y hondo (que yo, de niño, había conocido claro y limpio, lleno de brillos y de gritos de infancia
alegre, que eran los míos) se refugiaban las parejas del barrio al anochecer, para besarse por los rincones o for-
nicar debajo de la escalera.
Todas las noches, a mi vuelta a casa, en invierno y en verano, cruzaba entre sombras dobles y susurrantes a
las que apenas miraba, pero aquella noche, después de la visita a Víctor Inmaculado en su pulcro seminario de
Letras, después de mi paseo desolado por la ciudad, cuando Darío Álvarez Alonso me hubo abandonado, al
entrar en el portal no pude evitar el reconocer a Tati y Cristo-Teodorito, en una de las parejas, que se besaban en
la boca. Cristo-Teodorito había ido a parar allí, al pozo cenagoso del semen y los besos que era mi portal, donde
yo había visto anteriormente a Tati besándose con otros muchachos, bajo las guirnaldas bucólicas de las paredes
y del techo, a la luz de la triste bombilla encendida noche y día, porque nadie se ocupaba de apagarla. Pasé de
largo. El padre de Cristo-Teodorito, salvando aquella casa de la piqueta con su modesta autoridad burocrática, le
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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