exóticos refrescos. Yo había estado entonces en aquella terraza con mi familia, asistiendo a la gloria musical de
aquel hombre (que ahora comprendía yo no había sido sino su decadencia refugiada en lo local, en su pueblo,
porque Empédocles era de la ciudad o de la provincia, ya que muchos artistas, sin fuerza para dar el gran soplo
que apague las velas de la soirée nacional y deje a todo el mundo en silencio frente a ellos, buscan el triunfo fácil
de su lugar de origen, vuelven a su nido, apuran en su rincón lo que fueron en vida, pues realmente ya están muer-
tos). Pero yo había estado, sobre todo, tomando conciencia de mi clase y de mi rango, como lo toma el niño en
cosas así, mediante una música que le aburre, por ejemplo, pero en la que no deja de captar el aspecto suntuario,
reforzado por el ambiente, que le halaga, le rodea y le distingue de los demás.
Los demás, en aquellas noches lejanas de los veranos quietos e inmensos de la infancia, eran los paseantes, el
pueblo llano que, sin medios ni clase social para sentarse en aquella terraza tácitamente reservada a la buena bur-
guesía, hacían cerco denso de oyentes en pie -familias, niños, melómanos solitarios y pobres, chicos y chicas,
señoritas de escasos medios a las que el violín de Empédocles hacía soñar-, y así estábamos todos, callados y
felices, viajando en el violín o con el violín de Empédocles por los bosques de Wagner, los lechos de Chopin y
los cuartetos de Beethoven, aunque lo que en realidad gustaba a la gente (que aguantaba el resto en silencio,
demostrando así su educación, ya que no su sensibilidad musical -y quién sabe cuál de las dos cosas valía más en
la escala burguesa de valores-), era El vuelo del moscardón, de Rimsky-Korsakoff, el compositor de mi primo y
de la madre de María Antonieta, la vieja pescadera hinchada de orujo, así como los fragmentos de zarzuela y las
tzardas de Monti con que Empédocles remataba sus noches gloriosas y provincianas, sabiendo bien que todo lo
demás había sido convencionalismo y que había que gratificar al público que pagaba y al que había que hablar
en necio, pues necio era, como dijese Lope, al que Empédocles me citó en esta noche de nuestra paseata por el
claro de luna. Aquel moscardón exótico de la música descriptiva y convencional del ruso había zumbado mucho
sobre mi cabeza rubia de niño que trasnocha y toma helados de persona mayor, de modo que Empédocles, con
el pulso roto por el alcohol y por la edad, se había retirado al fin, acabó por retirarse, y el apodo, bien puesto no
se sabía por quién, y que quizá aludía a su pederastia o a otras actividades aun más torpes de su reverso (él, que
había sido puro anverso lírico) se extendió por la ciudad y se fue comiendo al nombre glorioso, y ahora me
parecía mágico estar paseando por las calles regadas de la noche, o por las viejas calles sin regar, con aquel per-
sonaje mítico de la infancia, pintoresco de más tarde, y al que yo seguía profesando ese amor y ese respeto que
he profesado siempre, después, a los ídolos caídos, a los juguetes estropeados de la gloria, a los grandes en deca-
dencia, que me parecen mucho más sugestivos que los grandes en apogeo. Y como él había citado el claro de
luna, le pregunté si seguía tocando a Chopin en el stradivarius de su casa, para sí mismo, aunque no anduviese
yo muy seguro, ni lo ando ahora, de si Chopin escribió o no para violín sólo. Chopin es una máquina de coser,
me dijo Empédocles con desprecio.
¿Chopin era una máquina de coser? Me fascinaba,la frase, por lo que tenía de avanzada, pero no veía yo cómo
Chopin pudiera ser una máquina de coser, porque mi cultura musical era mala aun entonces, en que me sentía
obligado a interesarme por todo y a entender de todo (no había leído aún aquello de que mis límites son mi
riqueza).
Empédocles estaba calvo, pero con una calvicie hermosa, digna, que le aureolaba como una melena rubia,
porque hay maneras de estar calvo, y la suya era la calvicie bien llevada del que se ve que ha tenido mucho pelo
y todavía conserva en la cabeza los gestos altaneros (cada vez más infrecuentes, en Empédocles) de haber lucido
gran melena. Empédocles tenía los ojos claros, acuosos, caídos, como en un llanto congelado y permanente, y la
nariz un poco deshecha por el alcohol, grande, y la boca también deshecha y caída, e incluso yo creo que tenía
las orejas un poco más bajas del sitio normal (quizá fuese que los lóbulos le colgaban mucho), de modo que todo
su rostro daba una sensación de llanto de teatro, de máscara que hace la mueca de llorar sin llorar. Empédocles
tenía el cuerpo delgado, pero no elegante, y no era alto ni bajo, de modo que a veces parecía más alto de lo que
era, y a veces más bajo (que es lo que ocurre con esas personas de media altura).
Empédocles andaba despacio, con cierto martirio de pies, y hablaba también despacio, pero hilado, con una
conversación de escritor, a veces, más que de músico, pues en todo caso había vivido mucho y había conocido a
todo el mundo, y en el fondo estaba hastiado de aquella sociedad provinciana, él que de joven había triunfado en
una sociedad más cosmopolita. Empédocles llevaba siempre cuello de almidón, no demasiado limpio, y el cuel-
lo se le deformaba por alguna parte, le sobraba por algún sitio de la irregular circunferencia, y no usaba la chali-
na o la pajarita de los músicos, sino una corbata marrón, grande, sucia y abultada, que no dejaba de tomar, en
su astrosa e interesante persona, cierta gracia bohemia y descuidada. No era, en todo caso, la corbata de un
empleado de seguros y reaseguros. Empédocles era un tipo.
Me decía yo que también me hubiera gustado acompañar a Carmencita María a su pensión, pero no se puede
estar en todas partes y tampoco era mala -toda una experiencia- aquella paseata agotadora, aquella conversación
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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