(monólogo más bien) con el genio olvidado, con e1 Verlaine de provincias que en lugar de escuchar y cantar los
violines del otoño, los había hecho sonar mágicamente, hondamente, en su stradivarius imaginado o real. La
noche estaba quieta, fija por sus estrellas, y la luna parecía cabecear como un globo alto, y las calles viejas y hon-
das descendían todas hacia un valle urbano de iglesias y talabarterías cerradas a aquella hora, y acompañ a
Empédocles (a quien se le podía llamar así en la conversación sin que se irritase o lo advirtiese) hasta la puerta
de su casa.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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