Empédocles me invitó a subir a su casa.
-La casa está declarada en ruina por el Ayuntamiento -me dijo mientras subíamos la escalera a oscuras-. Yo
he vivido aquí muchos años con mi padre. Mi padre ya murió, el hombre. Era muy viejo. Jubilado del Catastro.
De modo que vivíamos de su pensión, últimamente, porque a mí ya hace mucho que el stradivarius no me da
nada. Ahora, muerto mi padre, no tengo de qué ni de dónde ¿comprendes? Soy el único vecino que queda en la
casa. La van a tirar. Ya no tiene agúa, ni gas, ni electricidad. Estamos, como dijo el otro, en la hora de las ojeras
y las manos sucias...
Empédocles siempre terminaba sus parrafadas con una frase literaria que yo no sabía de dónde tomaba, ni de
quién era, ni si era suya, pero que en todo caso se veía que venía de muy atrás y que la había utilizado muchas
veces. Empédocles hablaba mientras subíamos aquellas escaleras ciegas, vacilantes, que olían a gato y a
humedad, y llevaba una gran llave en la mano, como una vela para iluminarse o una pistola para defenderse. La
luz de la luna le daba a veces en el metal de la llave, a través de una claraboya, y aquel brillo era lo único que veía
yo en la escalera. Empédocles se fatigaba hablando y subiendo, pero no dejaba de hablar, y llegué a pensar que
lo hacía, como ciertos asmáticos, para disimular el ahogo con la conversación, aunque ésta, naturalmente, le
ahogaba más.
Empédocles me había invitado inesperadamente. «Sube y ves el stradivarius.» No me interesaba demasiado
conocer la intimidad mugrienta del violinista, ni me interesaba nada conocer su stradivarius, que para mí no
podría tener mayor sugestión cultural que una pandereta (aunque me dijese a mí mismo lo contrario) y por otra
parte conocía la fama homosexual del músico, y la temía por lo tanto, de modo que había aceptado sólo por
timidez, y ahora, para no confesarme esta timidez a mí mismo, me iba diciendo interiormente que todo había de
ser muy interesante y que aquel genio olvidado, en su casa deshabitada, con el stradivarius reinando en la pobreza
del hogar, y con su conversación mundana, culta e incoherente, era toda una experiencia. Lo de siempre, más o
menos.
En todo caso, la decadencia del artista, ese infierno de vejez y soledad a que está abocado todo creador (músi-
co, pintor, poeta) según los criterios de la burguesía que yo había escuchado siempre en casa y en la calle, desde
pequeño, se me confirmaban a la vista de este hombre, mientras subíamos por una escalera interminable y negra.
El esquema era éste: Artista = bohemio: juventud alocada/vejez miserable. Un esquema simplista que yo ya esta-
ba empezando a rechazar por su mecanicismo estúpido, pero que en el caso de Empédocles se hacía de una plas-
ticidad casi aleccionadora, aunque, cuando uno ha superado ciertas lecciones, de nada sirven éstas.
Llegamos arriba, anduvimos por un corredor largo donde se escuchaban nuestras pisadas como en un bosque.
Por las ventanas sin cristales (algunas tenían un cartón o una madera tapando el hueco, haciendo las veces) se
veía de cerca el cielo de las chimeneas y los tejados, un cielo sin grandeza, devorado por patios innobles.
Empédocles, que había subido toda la escalera con la llave en la mano, se perfiló ahora sobre la cerradura con
algo de torero que entra a matar, y en este gesto vi claro algo que había estado advirtiendo toda la noche, sin lle-
gar a formulármelo: lo que aquel viejo artista, como todos los hombres de su época, gloriosos e incluso anóni-
mos, tenían siempre en España de matadores de toros, cómo el tipo del espada había sido el modelo nacional,
cómo Joselito, muerto en Talavera según el nuevo romancismo malo que a mí me había llegado por los recita-
dores de feria y ateneo, supervivía en miles, en millones de Joselitos españoles que conservaban o cultivaban algo
de la majeza del torero. Seguro que Empédocles, en sus días de gloria, había manejado en algún momento el arco
del violín como la espada del matador. Entramos en la casa, que estaba negra, claro, y olía a sábana sucia y a
tabaco, menos insoportablemente de lo que yo me había temido. Empédocles fue encendiendo velas:
-Ahora empieza el ritual de las velas. Una noche me encontrarán aquí abrasado. Un día arde todo y me voy
a la merde. Incluso el stradivarius.
Empédocles decía siempre merde, en francés, supongo que más por un viejo esnobismo que por ninguna clase
de pudor. Las velas, duplicadas en los espejos, iluminaban más. Eran velas de velatorio, velas de iglesia, cabos de
vela que sin duda robaba él en los grandes funerales. Me lo confirmó en seguida:
-Las velas se las robo a los curas, como comprenderás. Bastante nos han robado ellos. Yo no gano para velas.
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