Yo, que he ganado para arañas de salón.
Y reía y tosía y fumaba y escupía y lloraba y se hacía un lío con su conversación y con su vida. A la luz de las
velas se veía una casa con grandes bultos y grandes huecos. No una casa donde se advirtiesen los huecos de los
grandes aparadores desgajados (desgajar un aparador de su sitio de años es tan difícil y tan doloroso como arran-
car un viejo árbol de su lugar en el bosque) sino una casa donde las cosas hubieran sido arrinconadas, amonton-
adas y envueltas en grupos caóticos, dejando otros espacios vacíos no se sabía para qué. De cualquier forma, los
grandes muebles de aquel hogar debían haber salido por la ancha y tambaleante escalera, camino de otros hoga-
res más afortunados. Quién sabe lo que Empédocles escondía, envolvía, reunía en aquellos grandes bultos forra-
dos por una alfombra o unos cortinajes. Empédocles se movía por la casa despacio, pero sin parar, y me había
sentado en una butaquita estrecha, pequeña, incómoda, quizás ilustre, vieja, que me tenía como apresado y que
me picaba por todas partes con sus muelles, sus pajas, sus clavos y quién sabe si sus chinches. Él, por su parte,
había cambiado, no pude advertir cuándo, los zapatos brillantes, viejos, de punta estrecha (zapatos de concertista)
por unas zapatillas de cuadros, blandas y lengüeteantes como lebreles, y las arrastraba de acá para allá, buscan-
do copas, ceniceros, botellas, cosas, hasta que tuvo delante de mí, en un cajón revestido con una vieja camisa de
chaqué, a modo de mesa y mantel, una botella de vino, una copa y un vaso de cocina, un cenicero que era como
un orinal de juguete y una vela o, más bien, un cirio de muerto, ancho, corto, lujoso de esperma acumulada, que
hacía una llama alta ante mi nariz, una llama bruja en algún espejo lejano, una llama gloriosa ante el rostro lam-
entable y sabio de Empédocles:
-Vino, siempre vino. Siempre bebo vino. Ya lo has visto. Dicen que me ha perdido el vino, que me he perdido
por el vino, que bebo vino porque es barato. Nada de eso. En las grandes mesas yo pedía vino. ¿Sabes que al
duque de Alba le pedí vino en su palacio de Liria, en Madrid? Vino, duque, le dije. Pero vino del pueblo, vino de
albañil. No ese vino de señoritas que beben ustedes. Que vayan a comprarlo a la taberna más cercana. Y fueron,
porque el palacio de Liria está rodeado de tabernas pobres ¿sabes? Y el duque bebió conmigo vino de albañil, el
vino de las tabernas, que decía Machado. Había ido yo a darles un concierto a los Alba, que tenían invitados, y
toqué, no me acuerdo de lo que toqué, porque me pedían cosas caprichosas, no tenían gusto para la música claro,
te puedes imaginar. Pero yo les coloqué mi programa, de todos modos, lo que a mí me gustaba tocar. O sea que
tuvieron que tragar con mi música y con mi vino ¿qué te parece?
E hizo un gesto cínico de estar de vuelta, de haber sometido a los grandes, de haber triunfado, y se sirvió más
vino, y bebía con el cigarro en la boca, y como el cigarro se le apagaba con el vino, lo volvía a prender en el cirio,
o intentaba hacerlo (podía haber sido un cirio del cuerpo yacente del duque de Alba, por lo hermoso). Y yo me
aburría.
-Bueno, ya sabes que los griegos no hacían distinción entre una bella muchacha y un bello muchacho. Tenían
razón. No hay por qué hacerla. Pero los griegos eran unos bárbaros. No conocían la gran música. Se dice que
son la cuna de Occidente. ¿Cómo iban a ser la cuna de nada si no habían oído a Mozart? Los griegos hubiesen
sido de verdad los griegos si hubieran tenido a Mozart. Pero sólo tocaban zampoñas. Un pueblo bárbaro, te lo
digo yo, una edad bárbara. La música es lo único que no progresa ni se refina en ellos. Pero a lo que iba de los
efebos. No hacían distinción entre muchacho y muchacha, y esto se da como prueba de su refinamiento, pero yo
creo que es todo lo contrario. Si no hubiesen sido un pueblo bárbaro habrían conocido la música y habrían elegi-
do al muchacho, al efebo ¿me comprendes? Pero les daba igual. Ni presentían a Mozart. Bueno, no sé si tú entien-
des o no entiendes en esto del divino pecado, pero creo que tienes condiciones y..
-Tengo novia. Tengo una amante.
Oí mi voz creo que en el espejo del armario. ¿Cómo, dónde, cuándo y por qué había dicho eso? Estaba asus-
tado y me sonrojé de mi susto, más que de sus palabras, pero en aquella oscuridad con velas no debía advertirse
nada. Empédocles rió.
-Tienes novia. Tienes una amante. Pronto empezáis los chicos, ahora. Yo también tuve una novia y una
amante y muchas. Pero esto es otra cuestión, es cultura, es poesía, no es zoología...
Me puse en pie.
-Ya, ya veo que no -dijo-. Ya veo que no por ahora. Quizá no estás maduro. Pero no te precipites, que yo no
me precipito nunca, aunque quizá me he precipitado un poco esta noche. Perdona.
Y se sirvió más vino. Él bebía por el vaso de cocina y me había dejado a mí la copa. Hubo un largo silencio
en el que se oía su respiración de viejo.
-Bueno, olvida esto. Vamos a ser amigos, buenos amigos, si tú quieres. El efebo ¿sabes? tiene un día en su vida.
Primero es niño: nada. Luego es hombre: algo que tampoco interesa ya. El efebo tiene un día, un solo día, que
es el que yo busco, el que he buscado toda mi vida. Tú estás en ese dia. Perdona si he querido aprovecharlo.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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