Mañana mismo serás ya un hombre y los hombres no me interesan. Es decir, que podremos ser amigos y basta.
Amigos.
No sabía si volver a sentarme y seguir bebiendo o marcharme. Hice lo intermedio, que fue terminar la copa
de pie. «Espera -dijo-, quiero que veas el stradivarius», y se levantó y anduvo por los fondos de la casa, topando
objetos que sonaban en el suelo, abriendo y cerrando puertas y armarios, y vino con el violín en su funda, y me
lo mostró a la luz de una vela. «Toma, cógelo, que yo ilumino». E iluminó de modo que se veía en el interior del
instrumento una plaquita borrada con unas letras y unas fechas que brillaban a la luz de la llama, pero en las que
no pude descifrar nada. El instrumento casi no pesaba en mis manos. Era ligero, delicado y grato. Stradivarius o
no, me emocionó un poco tocarlo. Era como el ataúd de un pequeño príncipe persa muerto. Empédocles lo puso
entre cuatro cirios para subrayar esta sensación de ataúd. Quería darme a entender que la música, o su violín, o
su talento musical o él mismo habían muerto. Era un simbolismo pobre y tonto. «Pero ahora no voy a tocar»,
dijo. Yo no esperaba ni deseaba que tocase, de modo que me fui, bajando a trancos aquella gran escalera der-
rumbante que él iluminaba desde lo alto, desde el corredor, con una palmatoria en la mano.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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