Darío Álvarez Alonso podía ser mentira. Los escritores del Círculo Académico podían ser mentira. Y los de
la Casa de Quevedo. Víctor Inmaculado podía ser mentira, desaparecido en su poca estatura y en la penumbra
del seminario de Letras. Pero aquellas máquinas eran verdad. El periodismo existía, y la literatura. La palabra
existía, y aquella legión de acero estaba al servicio de ella, para descifrarla y difundirla. Para fijarla eternamente.
Escribir no era un sueño de la habitación azul. Escribir era real. Aquellos buenos monstruos llenos de rodillos,
palancas, ruedas, planchas y émbolos, lo hacían real. El pensamiento vago y dudoso de un hombre en soledad se
hacía contundente gracias a aquellos seres quietos y poderosos. Cuando volvió Darío Álvarez Alonso, yo, aver-
gonzado de mi emoción y porque no la notase, le pregunté si había encontrado alguien a quien entregar su colab-
oración y sobre qué versaba ésta. Todavía paseamos un rato por las calles, pero yo llevaba siempre dentro el olor
acumulado y acre de la gran imprenta, como cuando subía al monte y me quedaba su aroma, de modo que retard-
aba el ir a la cama porque no se me borrase aquello.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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