Me hubiera gustado charlar un poco con mi viejo amigo, pero Jesusita raramente nos daba tiempo. María
Antonieta y yo, familiarizados ya con el lugar, nos besábamos entre los toneles, con besos de vino. Tati y
Cristo-Teodorito estaban un poco violentos, sobre todo él, pues sin duda Tati había vivido allí otras aventuras.
Tati le servía vino y Cristo-Teodorito rehuía mi mirada. De pronto, María Antonieta me dijo:
-Seguro que tienes muchas cosas que hablar con tu amigo.
Fue hacia Tati y desaparecieron juntas detrás de una cortina. Luego se las oyó subir unas escaleras de madera
con mucho ruido de sus tacones altos del domingo. Me acerqué a Cristo-Teodorito, que estaba de pie, rígido,
grave. Tenía al lado un pellejo reventón de vino, que con su vaga expresión de cerdo oscuro y borracho de orejas
tiesas, contrastaba con la dignidad y la seriedad del rostro de mi amigo. «Aquí se está fresco», le dije. (Ya empez-
aba a hacer calor de verano en la calle.) Era una trivialidad, la única que podría no herir a aquel ser que yo veía
torturado. Rompió a hablar sin mirarme:
-La quiero, estamos enamorados. Me quiere mucho. Vamos a casarnos. No sé por qué todo el mundo está con-
tra nosotros. Mamá está muy mal. Es lo que más siento. Incluso enferma. Por la congregación no me atrevo a
aparecer. Papá ha debido hablar con el padre Valiño. Pero nos casaremos y haré mi carrera y..
Se interrumpió y bebió vino. Me dio pena. No por lo que le estaba pasando, sino porque lo vivía intensamente,
apasionadamente, convencido de la grandeza de todo aquello, persuadido de la trascendencia de su historia.
-No sé qué pensarás de mí -prosiguió-. Te reirás, supongo. Siempre te he estado dando ejemplo, soltándote
sermones. El padre Valiño, la congregación, los ejercicios. Tú eres un cínico, pero yo sigo creyendo en eso, yo soy
el mismo de siempre. No ha cambiado nada. Tati es buena. Vamos a casarnos y mi vida será lo que siempre he
querido que sea. Pensarás que he caído, que tenías tú razón, pero os demostraré a todos que no. Y sobre todo a
ti, que eres tan cínico.
Me insultaba, tenía necesidad de insultarme. Se sentía culpable (la gran culpabilidad no se experimenta ante
Dios, sino ante el diablo, y el diablo era yo).
-... y se lo demostraré sobre todo a mamá, que ahora está tan mal...
Y al hablar de su madre estuvo a punto de llorar. Era lamentable. Estaba allí con su pelo todavía peinado con
colonia infantil, con su cuello duro, de hombre, amorosamente almidonado por su madre a la par que el del
esposo, con su traje de los domingos y la insignia de la congregación en la solapa: aquella congregación que sin
duda le había rechazado mientras no atajase y purgase su culpa. De pronto dejó de interesarme el asunto. Había
pensado que íbamos a tener una conversación más interesante. Otra historia mediocre. Me fingí afectado por
piedad o por timidez. Ya me daba igual todo aquello. Prefería buscar a María Antonieta y hacer el amor con ella,
sobre los pellejos, con vino o sin vino, con baño o sin baño. Le tomé un brazo, dije algo. No te preocupes, todo
se arreglará, ya sabes que yo te comprendo. Al fin y al cabo, lo mío con María Antonieta. (Pero lo mío con María
Antonieta no tenía nada que ver: de mí ya no esperaba nadie nada, y ella era mucho más libre que Tati: sólo tenía
una madre borracha.) Me alejé de él y subí por la escalera lentamente, tras las muchachas. Aquella escalera, casi
vertical, tenía hacia la mitad un ventano que ahora estaba iluminado. Al llegar a la altura del ventano, me detuve
a mirar. El cristal estaba sucio, tenía cadáveres de moscas como vistas en espectro, y manchas de vino secas. Lo
que vi me hizo bajar la cabeza, esconderme. Estuve quieto en la oscuridad de la escalera, sin respirar apenas.
Luego me asomé otra vez con más precaución.
Era una habitación pequeña, algo así como un escritorio. Allí debían llevar las cuentas de la vinatería. Había
una mesa vieja, de despacho, con papeles, un ventilador roto y un flexo apagado. La luz venía de una pequeña
bombilla que había en el techo. Vi también unas sillas llenas de papeles, carpetas y archivadores. Y un archivo
que llenaba una de las paredes. En otra pared había una acumulación de calendarios con ilustraciones en las que
se repetía el motivo de la vendimia, las uvas, las bellas viñadoras, el mosto, el vino y el amor. junto a la mesa del
despacho había una pequeña cama y en la cama estaban Tati y María Antonieta, con las ropas revueltas, besán-
dose en la boca. Tati estaba inclinada sobre mi novia y le andaba con una mano en los pechos. El espectro de una
mosca pegada en el cristal me tapaba la cara de mi amor.
Se movieron lentamente, se revolcaron, vi las piernas tan esbeltas de María Antonieta y la braga roja de Tati.
Baudelaire había cantado el amor de las lesbianas, según me dijo una noche Darío Álvarez Alonso. Yo había
leído en la habitación azul una biografía de Safo de Lesbos, en colección de bolsillo de antes de la guerra, con
cuatro notas eruditas del Espasa y mucha pornografía. La identidad de los cuerpos de las dos muchachas, la iden-
tidad de sus sexos, hacía de ellas como un solo ser plurimembre y armónico, lascivo y sonrosado. Aquello no era
desagradable de ver, ni mucho menos. Tuve la sensación de que lo sabía desde hacía mucho tiempo, de que debía
haber sabido desde el primer día -¿desde qué primer día?- que Tati y María Antonieta tenían comercio carnal,
buscaban una en la otra ese hombre mutilado que es la mujer, a falta de hombres no mutilados, o por puro vicio,
capricho o malformación. Estuve un tiempo en el ventano, quién sabe cuánto, contemplando, a través de las
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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