moscas y las manchas de vino, la fluctuación lenta y para mí silenciosa de aquellos dos cuerpos jóvenes, de aquel
solo cuerpo múltiple, de aquella cosa obscena y grata, apasionada y musical, que se movía en un fondo irreal y
triste.
Cuando bajé en silencio la escalera, procurando no hacerla crujir, y levanté la cortina, Cristo-Teodorito esta-
ba en el mismo sitio donde le dejara, pero se había sentado en una cuba y bebía despacio. «Ahora bajan», dije.
Me miraba con sus ojos nobles, que por lo visto eran parecidos a los míos, pero más luminosos, más limpios, más
claros. Parecía más sereno. Quizás había aprovechado la soledad para rezar algo. Quizás era el vino. «Perdona
-me dijo-. Perdona si te he molestado. Pero la quiero y nos casaremos. Tú que eres mi amigo lo sabes.» Bebimos
como brindando tácitamente por su felicidad. Yo también me senté, porque estaba muy cansado.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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