se pierden las fronteras y las nociones, y todo parece posible, quizá porque nada es ya posible.
Empédocles y Teseo, tan viejos, tan vividos, tan abrasados por la vida ¿cómo podían distinguir su pecado uno
del otro, aunque fuese tan diferente y el mismo? Vivían la camaradería del mal, quizá, como la vivieron Verlaine
y Rimbaud, en Londres, a tiros y borracheras, y eso era todo. Diótima, cerca de ellos, se licenciaba en satanismo
y pronto vi, por lo poco que podía captar de su conversación, que nos despreciaba a todos, a los que él consider-
aba poetas burgueses: a los del Círculo Académico y los de la Casa de Quevedo, a Darío Álvarez Alonso y a
Víctor Inmaculado y sus ocho horas diarias de estudio a oscuras. Absolutamente a todos.
«Darío está vendido a la prensa local -dijo-, y los del Círculo son unos mierdas y los de la Casa de Quevedo
unos cursis.» Darío Álvarez Alonso no cobraba un duro por sus colaboraciones en la prensa local, pero de todos
modos estaba vendido, y ni siquiera quise utilizar este argumento económico para defender a mi amigo, porque
de pronto me pareció pueril, y lo que yo iba viendo era una versión de nosotros absolutamente insospechada,
mediante las palabras sibilinas de aquel muchacho, que casi me hablaba al oído para neutralizar el ruido del local.
Yo había sentido que Darío Álvarez Alonso era un auténtico maldito, yo mismo empezaba a sentirme un
desclasado respecto de todo lo que me rodeaba, pero he aquí que había un muchachito feble y listo, viciosillo y
expresivo que me tenía por un joven poeta burgués, señorito. Y es que siempre hay alguien más a la, izquierda,
alguien más hundido en el mal, porque lo fascinante del mal es que no tiene fondo.
Por aquel trío de auténticos malditos -a los que siempre había mirado con curiosidad, juntos o por separado-,
comprendí que Darío Álvarez Alonso iba camino de ser el poeta local, la gloria municipal, y quizá yo también,
pero por otra parte no acababa de creer en la gloria negra de aquellos hombres: Empédocles había sido un músi-
co burgués hasta que la burguesía le hubo rechazado. Teseo había sido un pintor burgués hasta que le pasó lo
mismo. ¿Y Diótima? Quizás Diótima estaba con ellos por mera fascinación literaria del mal, o por esa necesidad
de padres, en plural, que tiene el adolescente, y que él había encontrado en ambos viejos como Darío en los dis-
tinguidos poetas de la Casa de Quevedo. ¿Por qué no me unía yo a ellos, por qué no dejaba el empleo y la famil-
ia y me iba a vagabundear con aquellos tres locos? Yo iba buscando el límite real de las cosas, hacia arriba o hacia
abajo, y si bien hacia arriba no sabía dónde estaba el límite, era claro que hacia abajo el límite eran ellos. No se
podía caer más.
Imaginándome camarada de los tres artistas mendigos, comprendí que no, que aún había en mí ganas de
luchar, de hacer cosas, de subir y no de bajar, y esto no dejó de avergonzarme un poco, pero antes de llegar
adonde ellos habían llegado tenía que probar a mantenerme a flote, como Empédocles y Teseo habían probado.
Lo más probable es que se acabe siempre así, me dije. Diótima se ha limitado a eliminar rodeos, a ganar tiempo
y a empezar por el final. Pero yo quería empezar por el principio.
El espectáculo había terminado. Carmencita María y la bailaora vieja vinieron a nuestra mesa. Después de la
conversación con Diótima, la verdad es que me resultaba ridículo hacerle una escena de celos -¿celos de qué y
por qué?- a Carmencita María, de modo que no me costó nada estar natural. Empédocles se puso en pie y nos
llevó a recorrer tabernas. «Es la hora de las ojeras y las manos sucias», dijo. Al parecer, es lo que decía siempre.
Estuvimos en tabernas hondas, pequeñas, lejanas, tabernas negras donde yo no había entrado nunca, tabernas
con unos borrachos estáticos que parecían mirar el curso quieto de un río invisible. Darío hablaba mucho con la
vieja bailaora, que era como una gitana limpia pintada de piel roja. Debía encontrar en ella un interés literario,
exótico, que fascinaba a lo que él tenía aún de poeta modernista. Carmencita María se había cogido de mi brazo
y del brazo de Empédocles. La llevábamos en medio y Empédocles hacía conciertos de violín con el ruido de la
boca. Teseo y Diótima hablaban entre ellos, y parecía que Teseo le trataba al joven poeta con cierto paternalismo
divertido. Diótima insistía en que Teseo era el mejor retratista de España, después de Velázquez, y que él iba a
escribir un tratado en verso sobre los retratos de Teseo.
-Bebe y calla, Diótima -decía Teseo con buen humor.
En todo caso me avergonzaba haber estado a punto de ser el marido de la pescadera. Los borrachos nos mira-
ban como sin vernos y un ciego del cupón nos cantó flamenco, muy bajo poniendo los ojos locos, revirados y sin
luz, y un gesto de alimaña en la boca, como si fuese a morder en lugar de cantar.
Acabamos en casa de Empédocles, que por lo visto era donde se acababa siempre, subiendo a trompicones la
negra escalera enorme, entre gritos, cantos, jipíos y risas. «Váis a despertarme a los vecinos», decía Empédocles,
riendo mucho de aquellos inexistentes vecinos. En el piso hubo más vino y Empédocles sacó el violín y tocó algo
de Falla que las dos bailaoras interpretaron dentro de sus vestidos de calle, hasta que todos estuvieron muy bor-
rachos.
Luego, Carmencita María y yo estábamos en una alcoba de cama negra y palmatoria. Ya desnudos, miré por
la rendija de la puerta. A la luz de las velas, Empédocles tocaba un tango en su stradivarius, y Teseo lo bailaba
con Diótima, muy galantemente. Darío hablaba todo el tiempo con la vieja bailaora, que tenía cara de sueño y
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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