de no entender. Cerré la puerta y me volví hacia el lecho. Carmencita María, sentada en la cama, blanca contra
las negras maderas de la cabecera, parecía dejar que se incendiase su cuerpo desnudo en la luz de la palmatoria.
Reía y le brillaban los ojos. ¿Estás contento? dijo. Carmencita María, en el amor, era fácil, ligera, graciosa, riente,
practicable y refrescante como espuma de jabón o agua de manantial. Nos dormimos escuchando el stradivarius
de Empédocles, envilecido de tangos y milongas.
Las
ninfas
Francisco
Umbral
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